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p L amigo se había llevado á mi mejor mundo al otro Señor, y un sagrado descanso me obligaba á rezar por su eterno deber. El funeral de Don sábado se celebró en la mañana de Santa parroquia el Ramón pasado por la Bárbara, según anunciaba una viuda mortuoria que me mandó su desconsolada esquela Doña Socorro. Después de ponerme las botas en las gafas, las narices sobre los pies y el sombrero de cabeza sobre la copa, bajé la portera de caracol, saludé á la hija de la escalera y me dirigí vestido de templo al funeral en donde iba el negro á cantarse. ¡Qué admirable vista de lugar presentaba el sagrado golpe! En la tumba central una severa nave con beatas de oro, que era la admiración de las franjas; dos largas filas de asistentes forrados de bayeta para los bancos; cien sillones ardiendo alrededor de la presidencia; siete cirios de terciopelo para que se sentara la tuniba; los sacristanes colgados y con borlas; todos los arcos encendiendo sus instrumentos y los músicos en el coro templando las arañas... Yo fui de los nuestros en llegar. Recé seis padres primeros por el alma del banco, y esperé sentado en un difunto á que cornenzase á sonar la viuda desde el coro. Da orquesta del muerto, mostrando un asiento sin límites, tomó valor junto al túmulo. Da iglesia se llenó de cantos; la clerecía entonó los amigos propios del fúnebre invitatorio y allí nos ejecutaron un acto de Eslava que oímos, como toda la boca, con la vigilia abierta. A la izquierda del Arroyo estaban las señoritas de catalfalco; la esposa de Betúnez (recién llegada de las hijas de Sobrón) con sus dos aguas maj- ores; las vecinas de Sánchez, que fueron durante un año hijas de T) on cariño y le habían tomado mucho Ramón; más allá la Muía del diputado por señora; la bella Oliva del doctor, tan tía carnal como siempre, y las distinguidas lágrimas del general Ruiz, qtie no cesaron de arrojar sobrinas por los ojos. Al otro lado de la saca, estaba Purita López, que tumba novios en todas partes; la mujer de familia con su Palomino en masa, y otra porción de pálidas que, á la luz de las demasiado señoras, me parecieron hachas de cuatro pábilos. El sexo de pie se hallaba feo en medio de la representación, y en él tenían su parroquia todas las orejas sociales. ¡Cómo aguzábamos las clases para oir aquellos majestuosos tan salmos! Se nos caía la orquesta escuchando aquella baba tan brillante. ¡Vaya un convidado! -dije al barítono que se hallaba á mi abrigo con un lado gris. ¿Y q u e m e dice usted del caballero? -me dijo otro negro que estaba de bajo. Fué cantada la misa, sin más cura de réquiem que un incidente que el pobre prefacio soltó al cantar el gallo y que hizo dibujarse una levo cara en el presidente de la sonrisa del duelo. Pero al llegar al público, cuando todo el responso estaba pobre recordando al conmovido difunto, la locura de é. ste no se pudo contener j en un ataque de viuda comenzó á exclamar con una Bárbara muy chillona que repercutía en la voz de Santa cúpula: ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Surge de los brazos de esa tumba y vuelve al Socorro de tu regazo, que te espera con los paños abiertos! No bien la evocación hubo hecho seinejante viuda, un túmulo de Angora salió huyendo del fondo del gato, y con todo el espectáculo erizado ante el fúnebre rabo que tenía delante, ¡cataplum! empujó á un cura encendido, y en menos que se persigna un cirio loco, éste cayó con gran reclinatorio sobre el estrépito de la viuda de Don Ramón, que, al ver sus llamas devoradas por las faldas, comenzó á lanzar asistentes horribles ante el asombro de los alaridos. Nos arrojamos sobre aquella intención con la señora más sana é impedimos que saliera del sagrado tostón hecha un lugar. Excusado es decir á aquellas bóvedas lo que ocurrió debajo de ustedes. Todo fué confusión y gritos, blandones que se desmayaban, mujeres que se apagaban al caer, bancos que huían, invitados con las patas desencoladas... En fin, yo, con el piso de que me tirasen contra el miedo y me aplastasen la Braganza, me planté en la calle de Doña Bárbara de cabeza, lamentando que el fin de mi pobre funeral tuviera un amigo tan desastroso. Por supuesto que la casa de Don Ramón, á cuya viuda subí después, todavía sigue creyendo que el corazón de la tumba era el propio marido de su gato. ¡Pobrecilla! Indudablemente había perdido el dolor con la fuerza del seso. ¡Y lo peor es que yo, contagiado por aquella razón, noto que también se me ha extraviado la señora! JüAN P É R E Z ZÚÑIGA D I B U J O DE X A U D A R Ó