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Su resolución era, no ya un sentimiento de horror á la vida, sino un deber, un deber de conciencia. Había asesinado con premeditación á su familia, había dispuesto de la vida de sus hijos á cuenta de su suicidio, y no podía él faltar á aquella fúnebre cita de la muerte. La ley social y la ley moral le condenaban á la última pena. Y salió del hospital resuelto á ejecutarla con instrumento más seg uro que el tufo del carbón, acabando así la obra interrumpida por el acaso infeliz de su salvación milagrosa. Osear se trasladó á su casa heredada. La herencia no constituiría ciertamente la felicidad de un príncipe, pero sí un buen pasar sin trabajo y con holgura, no sólo para un obrero acostumbrado á sudar su pan, sino para cualquier ricote vanidoso de la clase media. Osear p o d í a costearse una mesa más que decente, criados que le asistieran en su casa, llena de comodidades nunca por él vistas ni esperadas, 3 hasta permitirse el uso de un carricoche donde pasear sin incomodidades su lisiada persona. El médico del hospital, hombre honrado y caritativo, que tomaba muy á pecho sus obligaciones profesionales de cuidar de las vidas ajenas, comunicó al criado de Osearla inclina ción suicida del amo, recomendándole estrecha vigilancia. -Descuide, señor doctor, contestó el criado. En casa nadie se suicida. ¿No hay armas? ¿No hay pozo ¿No hay ventana alta? -No es eso: en casa nadie se suicida porque se come bien. El médico quedó sorprendido al oir aquella verdad de filosofía práctica con que un ignorante formulaba todo un método preservativo, una antisepsia del suicidio, método seguro de pacificación moral y fisiológica: porque, efectivamente, la buena nutrición serena los nervios y aleja la melancolía, cómplices del arrebato suicida. El fiel criado vigiló, sin embargo, sobre la persona de su amo, y más que nada, sobre la cocina y el servicio de la casa, para hacerlos agradables. Osear, como no tenía arma de fuego, ni podía manejar con fuerza las armas blancas, se entretuvo dos ó tres días en buscar el medio seguro y fácil para matarse. Escribió á hurtadillas la carta obligada del suicida, en la cual, confesando sus parricidios, anunciaba su muerte. Pero el criado seguía vigilando sobre la persona y la cocina. Cansado de aquel espionaje enfadoso. Osear pretextó, para evitarlo, una visita á sus propiedades lejanas. Y el criado le acompañó. Osear se di. strajo en ver sus tierras, gran novedad para él, que nunca vio sino las que labraba para otros por misero jornal. Y no encontrando ocasión libre para suicidarse, dijo para sí: -Bueno, aplazaré el golpe para después de ver todos mis campos; así conoceré los bienes á que renuncio. Y siguió con su carta en el bolsillo. Iba hallándose cada vez mejor de salud y de ánimo, y tomando guísto á la vida, que no era ya la aborrecible y negra de los tiempos pasados. Transcurridos dos meses, regresó á su casa pensando en la muelle y también en las tierras que acababa de dejar. Hablaba menos que antes de su familia, y sus amigos- -que ahora los tenía- -observaban cómo el tiempo iba haciendo su obra de resignación con la que todos creían catástrofe fortuita. Pero era extraña resignación aquélla que, en vez de la tristeza que se va gastando, l l e v a b a en sí a m a r g u r a de desesperación y como de tormento que no acaba. Y una noche nebnm a y fría, Osear hizo encender un buen fuego en la chimenea de su cuarto. Encerróse en él con llave y cei rrojo para evitar toda sorpresa. Después tapó cuida Á. dosamente el ojo de la ce rradura pai a evitar todo I espionaje. Sacó la carta, ya estropeada, que guardaba entre pecho y camisa; leyóla para cerciorarse de c ue era la misma en que confesaba sus delitos y anunciaba su suicido y luego... luego la quemó en la alegre fogata de leños que crujían. Cuando la última pavesa del papel se confundió con la ceniza de la chimenea, Osear abrió apresuradamente puertas y ventanas para ventilar el cuarto. -Miren- -dijo el criado- -cómo el amo aprende. No ha olvidado el descuido que mató á toda su familia. ¡Y el doctor que temía un suicidio! Morirá de viejo. No murió de viejo: murió de una indigestión. ¿Y cómo y por dónde se sabe el secreto de esta historia? Por donde se saben las historias que no han sucedido. Porque hay que confesar j- a que no existe tal relato en los periódicos extranjeros, ni ha pasado en ninguna parte caso semejante. Pero este cuento inhumano puede pasar cualquier día y en cualquier paraje donde haya humanidad. El egoísmo y el instinto de conservación tienen fierezas para ahogar los sentimientos más puros. EUGENIO SELLES DIBU. TOS l í E F A I B E R T I