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Oscaí creyó sinceramente que obraba con cordura y sin daño de nadie quitándose una vida inútil. Sólo sentía tin remordimiento extraño, escrúpulo de una conciencia perturbada: el de dejar á su familia presa en la garra del hambre. Parecíale acción tan indigna y cobarde como la del cautivo que huye solo de la niazmoiTa, abandonando á sus hijos en el cautiverio. Reputó también por obra de piedad redimir á sus hijos al redimirse él de la vida. Decidió la muerte de todos. ¿Cómo matarlos? El hierro no es criminal por sí solo; necesita de un cómplice que lo impulse: la mano. Y aquellos brazos impedidos para trabajar, estaban también impedidos para matar. Las armas no me obedecen, pensaba. Me obedecerá el veneno, el arma silenciosa é invisible que lleva en sí la potencia destructora sin impulso exterior. T a noche era muy fría. Madre é hijos tiritaban en un rincón del cuartucho estrecho y tenebroso como una sepultura. El viento nevado metía sus resoplidos de hielo por los resquicios de la puerta y de la ventana, y para cerrarle el paso se habían calafateado las rendijas con trapos viejos. Y no entraba el aire de la calle, ni tampoco se renovaba el de la habitación. -Ya que padezcamos hambre, no padeceremos frío- -dijo Osear, -y encendió una regular cantidad de carbón en la ca uela, que no tenía entonces uso más adecuado. El calorcillo de los carbones encendidos consoló álos desdichados, y el tufo, entrándose por las bocas soñolientas, parecía como si los alimentara, produciendo en ellos el sueño incómodo de la hartura. Pasó la mañana siguiente, pasó el día entero, ni Osear ni sus hijuelos salían á recoger el mendrugo que les daban algunos vecinos. Estos, temiendo una catástrofe, forzaron la puerta. Padres é hijos dormían, al parecer. Ea madre j los pequeñitos dormían en el sueño grande, el sueño hondo, el sueño sin despertar. Osear respiraba todavía: menos débil que los otros, liabía resi. stido á la asfixia. Fué transportado al hospital donde la muerte persiguió aún por dos días aquella sangre carbonizada. Recobrado el conocimiento, exclamó: ¿Por qué me habéis traído aqní? Elevadme coi ¡los míos. -Eos tuyos están en el cementerio. ¿No se ha salvado conmigo ninguno? -Sólo tú. Ha sido una imprudencia terrible. Verdad es que la noche estaba muy fría 3- la lumbre agrada. Pero debisteis ventilar el cuarto antes de dormiros. -No ha sido imprudencia, no- -dijo Osear con desesperación. -Yo os contaré... Nada contó, porque un acceso nervioso le cortó el habla, impidiéndole confesar su delito. Sobrevínole una enfermedad grave, con alta fiebre y delirios frenéticos. En ellos profería frases cuyo sentido no penetraban los enfermeros. -Yo no puedo salvarme solo: es una iniquidad, ¡iniquidad! ¡iniquidad! El suicidio, el suicidio se cumplirá un día ú otro. -Haj que vigilar á este enfermo, recomendó el médico. Su de. sventura es pavorosa. El pobre quería mucho á su familia, j- viéndose sin ella, el suicidio será su idea dominante. Y al temer el suicidio futuro, nadie sospechaba los homicidios pasados. Cierta mañana corrió por el pueblo una noticia que consoló los ánimos contristados por la catástrofe. Un hombre rico y viejo, muerto sin herederos forzosos ni ama de llaves que forzara su itltima voluntad, dejaba sus bienes á Osear, de quien era pariente lejano. Le había conmovido su gran desdicha y soledad, y se acordó de él en la hora postrera. Eos duelos con pan son menos, debió pensar el testador generoso, y dijeron también las buenas almas al comentar el notición. El suceso fué comunicado á Osear con las cautelas debidas á su estado patológico y espiritual. -Tarde, tarde- -respondió el heredero; -el suicidio se consumará.