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LA H E R E N C I A os periódicos extranjeros reíatan un suceso agriamente dramático ocurrido en una de esas tierras septentrionales, madres de la niebla que se duerme en su regazo, regiones grises donde la ceguera constante del sol predispone á la melancolía, y la melancolía predispone al suicidio. Osear creo que se llanial) a así el desgraciado protagonista del drania, -Osear era un obrero sometido á la doble esclavitud del trabajo y del hambre, porque su corto jornal no bastaba para la alimentación de su mvijer y sus tres hijitos, que aún no podían ayudar á las cargas de la familia. Osear trabajaba catorce horas al día, y ni uno solo, al- volver de aquella faena superior á su fuerza física, logró acostarse sin liambre. Iba dejando á cada paso un pedazo de vida gastado en la labor. Sentíase desfallecer rápidamei. -te, y el desfallecimiento de la carne se corría al espíritu, como la miseria del árbol se corre pronto desde el tronco al fruto. El obrero habría soportado con resignación su propio infortunio si no tuviera presente el de su familia. Pero veía á sus hijos desfallecer también y disputarse con ansia el mendrugo de pan que no alcanzaba para tantas bocas. Trabajar para vivir es penoso; trabajar para irmuriendo, dese. stimula al más esforzado. Cuando al término de la jornada espera, en vez del descanso reparador, el descanso definitivo de la muerte, ¿para qué andar y andar. Másvale pararse en el camino, anticipando su término fatigoso. Osear pensó esto muchas veces, y lo pusiera por obra si no le contuviera la misma consideración de sus males. Siendo solo en el mundo, no habría andado más; pero al pararse se paraba toda su familia. Si ahora había un pan para todos, muerto él, no habría pan pai a nadie. Una nueva desdicha despejó su situación. La desventura se complacía en despejarla para fijar bien la puntería de sus tiros contra acj uel asendereado corazón. No de otra manera la artillería aguarda que se despeje la humareda de la batalla para apuntar con certeza sus baterías. Un accidente le imposibilitó para ei trabajo. Desde entonces en adelante acabó hasta el escaso jornal. El problema negro estaba resuelto. Pasaron esos primeros días falaces en que la esperanza engaña al infortunio con promesas incumplidas. Dios proveerá, -se dijo. -Pero la Providencia cuida de todo, menos del hombre, sin duda porque le ha provisto ya de un entendimiento para que cuide de si mismo. Evl pajarillo encuentra siempre su lecho puesto en la rama del árbol, y su mesa servida en los sembrados repletos de espigas. El insecto encuentra alimento siempre preparado en el cáliz jugoso de las flores ó en el fruto sazonado de la planta. Pero el hombre está excluido de los beneficios de la Naturaleza por el mismo hombre su semejante. Aquel campo de mieses donde él cogería su pan; aquellos frutales donde él distraería su hambre, son bienes ajenos, pertenecen á otro hombre que los cerca con altos muros y los guarda con la e, spada amenazadora de la ley humana. El pajarillo y el insecto comen de lo ajeno acordándose de la Providencia, y la Providencia, agradecida, les da alas para salvarlos de la persecución. Pero el hombre que se acuerda de la Providencia, la cual ha hecho la tierra para todos, va á la cárcel, sin que para él haya otra que la providencia judicial, que lo prende por ladrón. Osear y su familia perecían sin remedio ni esperanza, -Dios quiere que no vivamos; no se pierde nada, -dijo á su familia mirando á la niebla, como si quisiera consolarla enseñándole lo poco que vale una vida sin luz. Dios quiere que no vivamos; falta sólo el ejecutor de su designio. El ejecutor llegó prontamente. Fué el de siempre: el vértigo mental producido por las brumas del aire, por la desesperación del espíritu y por el hambre del estómago. 1