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6 si t ti 3 í í s I J X o i -jife- f J i- í- t LA DOLORA DEL SUPERHOMBRE T ODAS las tardes, al volver de la escuela, eatraban los muchachos en el cuarto de D Fadrique No era m u y grande el cuarto, ni tenía las cuatro paredes adornadas con mucho lujo; pero había luz Llegaba el día por una claraboya acnstalada, y cuando en la. calle estaban ya encendidos los faroles y deslumhraban los escaparates, todavía una luz tenue y azulada venía á consolar las soledades de D. Fadrique. Los dos chicos se disputaban el baúl para sentarse á ver las estampas y los libros. La chiquilla llenaba el suelo de trapos y de cintas. Y D. Fadrique, tendido en la cama, flaco y barbudo, asomando las manos huesosas y las- muñecas de sarmiento viejo por las mangas de una camiseta gris, hablaba á los muchachos y al cielo, que se a p a g a b a y se desvanecía en los cuatro cristales de la claraboya. Los muchachos le oían, pero D Fadrique no miraba sino a la luz monbunda d é l a tarde. En sus pupilas, muy abiertas, brillaban dos estrellas antes de que brillaran en el cielo. -Vosotros no yéis nada. Sois unos buenos chicos que estáis todavía peleando con el abecedario. Fero lo podéis todo porque no habéis vivido aún. Aquí aprenderéis á saber que el mundo espera su derrota cuando llegue una voluntad cruel; cuando amanezca el día de la suprema injusticia. Ese día los débiles caerán. Un hombre nuevo saldrá de entre las ruinas para lanzar el grito de triunfo- ¡D. Fadrique! -exclamó la niña. Estaban los dos chicos á los pies de la cama disputándose en silencio u n a pobre presa. Uno tiraba de la muñeca por las piernas: el otro la agarraba d é l a cabeza. Los dos callaban como unos criminales hipócritas, y el delantalillo, las enaguas y los encajes de la muñeca se agitaban en revolución trágica. bono un chasquido y el suelo se llenó de serrín. -jD. Fadrique! -volvió á gritar la niña. ¡La han cortado la cabeza! ¡Sangre! ¿Habéis vertido sangre? Sois entonces, como lo soy yo, apóstoles de una religión sobrehumana, enemigos de la piedad, dominadores de la vida y vencedores de la muerte. La chiquilla lloraba con grandes apuros y congojas. -Dejad que gasten su corazón en llorar miserables dolores los pobres de espíritu que no tienen dentro de SI mismos el verdugo de sus propios sentimientos. ¡A ver! -dijo luego D. Fadrique buscando á tientas á los dos muchachos con la mano de espectro. ¡Aquí! ¡Juradme que sabréis devorar todas vuestras piedades! ¡Que mataréis en germen toda compasión! ijurádmelo! ¡Sí, señor, D. Fadrique! Nos comeremos los niños crudos. -Sí, señor, y retorceremos todas las cabezas. ¡Y prenderemos fuego á la escuela y á D. Victoriano! -No, al maestro no- -dijo D. Fadrique. -Representa la luz de la razón. Pero antes de que admitáis en vuestro espíritu la sombra de un sentimentalismo, amor, amistad, gratitud, fe, vuestro deber es rebelaros. ¡Creo en la rebehón; en la eficacia de las negaciones; en la última y suprema virtud del castigo cruel! Y, oídlo bien, el más fuerte es el más solo. ¡Animo, amigos míos, lanzaos a l a conquista de vuestra soledad! Calló D. Fadrique, rendido sin duda por el esfuerzo. La niña, al verle callado, tuvo miedo del silencio y de la obscuridad de aquel cuarto invadido ya por las sombras de la noche, y se escurrió dando un portazo. El muchacho se escapó detrás de ella. Luego volvió á abrirse la puerta y entró una mujer con una lámpara en la mano. D. Fadrique dormía. En el suelo, entre trapos y papeles rotos, la muñeca descabezada extendía las piernas en una postura inverosímil... La mujer se acercó, ató un pañuelo á la frente del enfermo, mulló la almohada, arregló las ropas revueltas. Después se sentó á la cabecera en una silla baja y veló toda la noche. L u i s BELLO DIBUJO D E M E U D E Z BRIXGA