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Adtmíis. c reino siempre en írnertñ. I, n Iinastí; rein. inle desJi. SÍí; lofi nitrdí pnrtí ía carCOIIIÍÍIA y rcsf uel rajada p rliv luauo dt- l tí jmprt, y se lauib ileaKi sobre t i troni) r o m o íílolo Imeen. Mijcíins tL- iimn piicf tos en clUí o njoR, a cntus á vurla latrn y acaso, aca o á s- iltar sobre el stOiíi vacio, P. i iriro; i litiupüB. Tara i y Kt- ukú liaUíun Iríinscurrj J ú los díns fie infancia, y las prílueras lloras tic ailolcsccnda tes abrían las puertas iie la vida, Quieres- -dijo Kcjikii una mailatia- -quellepiemoj d la oriÜri del lago q u e está al o t r o lailo del hosqíie? -Vnnios, -respondió ella. PnMÍronse en m a r d i a Atravesaron las calles sílencio n. dL la oíndad, y las casaH l ¡í; er parecían fionrdrlcs con el lirillantc í i u t i z de s u s p: ired s de pnpel; pasaron jílazas y jardines, í nUornn al cainiíir. entraron c- u el bosque- Iban, eonio sífTiipre. cli arlo lean do. Sobic sus cabciías cliadoteaban también los p: ijaros, atareados en la ííiena de edificar los nidos, purnue estaba naciendo la primavera, l l e g a r o n al la or stis aírnas, por pereí nue efecto de esiíejismo, reflejab. in, copiandtdas exaetameniü. liis cumbres nevadas de n n a lejana eorilillera: en, ííafiada ía vista por la ilusoria apariencia, no hubiera íicert ido á ilcscubrir dÚTjde tcnninalia h tierra y empezaban las asuas á uo ser por el leve ccirdón d e espuma formado en la orilla al píe d e las rocas. Centenales de ííauces formaban cerco al la íí y p. irc- eían t o r b e r í us Huías et n las j m n t a s del desmayado rama je. Como era poeo más d e mediodía, el sol estaba inmóvil sobre el la ¿o. Cru abun el aire multitud d e insectos, q n e b a ñ a d o s en b u parecían eopos de amarillenta seda: d veces ro aban el a g u a eon las a u llas, trababan un surco y quebraban tin r. iyo d e ul: nefí: o subían, trenzando en el espacio t r a m a s suLik- íi; poicábanse después sobre el ramaje d e los sauces y en su pueril actividad producían leve r u n r u n e o música t e n u e como de cien i u s t m n i e n l o s diminutos y roncos. ¡Cómo Iiablau los Reñios d e las a ua -observó Kosinia, Sabes tú el secreto ilel estanque? -dijo Kento, -I o he leído en un libro del maestro: en uno que nunca nos dtja leer; dice que dentro, cu lo hondo, vive la ninfa Hairata; dice qiie si se arroja uiia piedra i las aguas, s u r e v descubre á ¡iníen quiere saberlo el secreto de su destino, Quieres q u e preí; untc- nios? J, a piedra se balanceab, i en la m a n o impaciente del m u c h a c h o -No, no, -j ritó l.i n i ñ a -j í e da micdnT- -Y echó A correr. SJRiiióla Ivcukí y volvieron al pueblo, Pero al sijíiiiente día. atraídos por invencible sugestión, emprendieron d e n u e v o el cainiui del lag o. Otra vez Kenkó repitió la pregunta; Quíeres saber. -Y otra ve ¡í la m u c h a c h a h u y ó Ik- Jia d e espanto; pero al cabo, en el día tercero, como él. t e m e r o s o de it. listarla, juiraíit las as: uas y Uiila dijese, insinuó e la con medroso aeentn: -Si echáramos l; i piedra... V la piedra se escapó d e njanos de Kenkó; traigo en los aires amplísima eurva, centelleando el