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i Vi j i V poniéndose entre la viva y el muerto. Estefanía miró hacia el fondo de la estancia, y de la penumbra verdosa vio destacarse aquel rostro melancólico, demacrado, apenas adolescido; vio sus ojos húmedos, sus labios sonriendo tristes, su frente de virgen, su semblante sereno, y la mirada honda que se clavaba en la suj- a. Parecía avanzar, pero veíala siempre en el fondo del despacho, lúgubre, envuelta en el verdor sombrío de la pantalla, muda como una esfinge, dolorosa como un remordimiento. Unos golpes suaves en la puerta de la estancia y la voz discreta de la doncella que llamaba ¡señora, señora! la volvieron á la realidad. No se movió del asiento la Casariego; oyéronse otra vez las llamadas á la puerta, y oyóse la voz plañidera que; decía: ¡Señora, señora! En el despacho velado por la tibia luz se deshizo un sollozo, doliente romper de lágrimas. Estefanía reclinó el busto sobre la mesa, oprimiendo contra ella su rostro hernioso; la luz del quinqué iluminaba la cabellera rubia, dorándola, envolviéndola en luminoso nimbo. Oyóse desbordamiento de llanto copioso y acongojado. Ea. Sirvienta empujó la puerta, acercóse trémula á su ama. ¡Señoral ¿por qué llora la señora? Entre los sollozos brotó la respuesta empapada en lágrimas: Eloro la viudez del alma DIBUJOS DE R. CASAS FRANCISCO ACEBAL