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L, A VIOt) A A ÚNno cumplido el año de la boda, enviudó Estefanía Casariego. Fué desprenderse el velo de desposada para celarse el rostro con el velo de la viuda. Y Estefanía lo celó de veras; por lo mismo que era bello, quiso celarlo más para que nadie se recrease en la faz hermosa que aún parecía conservar candentes huellas de los besos de Julio. Pero aun así fisgoneábanla al pasar desde su casa á la iglesia, porque aun á través del velo trascendía su hermosura: era un vago centelleo de ojos azules que refulgían bajo el negro manto como estrellas en noche lóbrega; era el blanquear de la tez sedosa tras el cendal obscuro; eran las hebras doradas del cabello al desgaire que entre los luctuosos pliegues se adivinaban; era esa emanación misteriosa de la hermosura que incita el deseo con el recato. Ea de Casariego envolvió toda su vida en aquel manto de viudez prematura; hizo al esposo muerto la ofrenda de su juventud sana, incitadora; cerró salones, despidió servidumbre, ahuyentó amistades; volvióse áspera y huraña la que había sido. dulce en el trato cortesano, y así, el nombre de la viva llegó á quedar tan borrado en el mundo como el del muerto; los dos se confundieron en un mismo olvido. Estefanía se hizo olvidar de todos para recordar mejor á uno, y este recuerdo llegó á tener para ella la dulcedumbre de las cosas que se adhieren con fuerza perenne á la vida. Aquel salir de su casa con los albores de la mañana para oir la primera misa en la iglesia obscura; aquel lento vagar por la casa silenciosa; aquel caer inortecino de las horas, remoroso fluir del tiempo sobrante en nuestra vida; aquella soledad sólo turbada por la presencia de su única sirvienta, que parecía acompañarla con el apagado y misterioso deslizamiento de una sombra; aquel arrastre de monótonos rezos al morir la tarde, sumidas las dos mujeres en la penumbra del gabinete; y más que todo, aquel vivaz recuerdo que en el roce de los días desgastaba las asperezas de lo horrendo para ofrecer las suavidades de lo triste, fué un vivir lleno de deleites suaves, existencia consagrada á un culto austero. Un día, en una de esas horas que se arrastran pesadas, Estefanía abrió el despacho de su marido, descorrió valerosa los cortinajes que lo obscurecían, y sentándose en el silloncito de terciopelo en que Julio trabajaba, abrió cajones, sacó papeles, desató carpetas... El registro de notas, de apuntes, de cartas, comenzó con la lentitud de una tristeza honda, resobando los papeles que traían recuerdos íntimos, deletreando los cuadernos de su diario, releyendo la correspondencia de amor, evocadora melancólica de sus amores con Julio. De cuando en cuando, Estefanía echaba atrás la cabeza; necesitaba rehacerse en rápido reposo de las emociones hondas que aquellos cajoncitos le traían, junto con el picante aroma de madera exótica. Y vuelta á enfaenarse en el revoltijo del papelorio, á desanudar cordones, á desatar cintas, á esparcir sobre la mesa los documentos evocadores de la intimidad, á manosear entre sus dedos los secretos, que tomaban forma palpable y eran como una voz hablando desde la tumba. Estefanía llegó á saborear u n goce penetrante; su espíritu se anegaba en la paz de los dolores serenos, y se sorprendió á sí misma al sentir que de su alma brotaba una felicidad suave. Era un placer desconocido que con mucha poquedad y mansedumbre encalmaba los angustiosos terrores de su viudez, para envolverla en quietud de vida placentera y obscura. Respaldó el cuerpo en el silloncito de terciopelo en que trabajaba Julio, cerró los ojos, dejó que su espíritu flotase en aquel lago tranquilo de dulces memorias, de blandos recuerdos. Parecióle que su alma ascendía en busca del alma del esposo, que la hallaba de nuevo y que otra vez se unían celebrando nuevas bodas en una región alta, silenciosa, serena. Al abrir los ojos, Estefanía creyó descender á un mundo distinto; su vida, por larga que fuese, ya no sería más que tránsito breve, corto sendero que conducía al ser amado que la esperaba siempre. Era tarde; el despacho quedó á obscuras; Estefanía giró una llave, y la luz, entibiada por la pantalla verde, cayó sobre la mesa, iluminando papeles, legajos, cuadernos. Presurosa la Casariego comenzó á replegarlos, á rellenar de nuevo los cajones, que exhalaban perfume penetrante de madera olorosa, balsámica emanación que parecía envolver los recuerdos del amado en otro recuerdo misterioso de bosque lejano, de fronda espesa, de troncos caídos, de árboles muertos que esparcen y difunden aroma de selva. Al reunir un montón de cartas, las manos de Estefanía dieron en una cartulina; extrájola del paquete, y hallóse con un retrato. Era de una mujer joven, casi niña. Estefanía no había conocido nunca ni el retrato ni á la retratada. Cogido entre sus dedos, púsolo de lleno bajo la lámpara, á la luz intensa, que esclareció la imagen de la adolescente. El cuerpo hermoso de la Casariego sintióse estremecido; el estremecimiento dio á las manos temblor tenue; pero encalmada pronto, quedóse inmóvil, con la vista fija en aquel rostro que debió ser un rostro pálido, de belleza triste, melancólica, de mirada honda, con labios plegados por una sonrisa vaga, la sonrisa desoladora que arranca la amargura; las pupilas eran negras y rebrillaban como si estuviesen humedecidas. Aquel sonreír sombrío; aquella mirada enternecida por lágrimas que nunca brotarían; aquella placidez de frialdad marmórea; aquella frente como de virgen pura limpia de besos; aquel pelo obscuro, alborotado en crenchas rizosas, en desgaire que era suprema estimación de la hermosura ó grande abandono de ella; aquel aire de pudor y de tristeza en el rostro de una mujer que comenzaba á alborear en la vida, fué para la Casariego presentimiento de algo lúgubre, sospecha candente de que la retratada había muerto sin llegar, á la granazóii, y de esta idea que se clavó en su alma pasó con rapidez á otro presagio doloroso, terrible. Eas márgenes del retrato estaban en blanco; ni el más tenue indicio por donde rastrear, ni la más sutil huella por donde inquirir la razón de aquel recuerdo guardado por él entre las memorias personales y las intimidades tiernas. Era una intrusa que venía con faz triste á turbar amores ideales ínter-