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Terminaron. La rosarial hilera de hábitos azules se extendió lenta, serpenteante, hacia el portón del convento. Lita levantó sus ojitos hacia Sor Patrocinio. -Sí, Sor Patrocinio; me hacía cosquillas... Diga, Sor Patrocinio: -es verdad que unas mujeres muy hermosas, mitad mujer y mitad pescado, cantan allí en la fuente? Yo lo he leído en aquel libro qu j regaláronme por Navidad; ¿se acuerda? -No; son mentiras, sueñes... Y las dos palabras recorrieron, con la desconsolan ía de las leyendas que mueren, las frentes pálidas: mentiras, sueños Entraron en el convento; cerróse el portón. Allá lejos, el piano lloró la muerte de Mimí, la amada bohemia. Era de noche. II Apagó la monja d e u n soplo el cirio á cuya luz leía; la lamparilla de aceite dibujó sombras fantasmales, de quimera, en las enjalbegadas paredes; vertió la luna por la ventana una chorretada de luz blanca, y la monja se bañó en ella, sentada en el butacón de cuero, apoyada la mano en los hierros de l a reja. Así estuvo, tiesamente hierática, perdiendo la mirada en el jardín negro donde la fuente plateaba. La monja recordó: fué en una noche como aquélla, cálida y suave. Ella era novicia; huyó del m u n d o por los pecados que, según las madres, conglobábanse en él. Ella no creía así contemplando á su padre, un viejo severo y qne hablaba pausado de sacrosantas tradiciones; á su madre, menudita, de ojos garzos, que saludaba con la mano enguantada desde el lando, en la Castellana. Eran buenos, mas la. s madres decían que en el mundo el enemigo acecha; la paz claustral era camino fácil para ir á Dios. Y consiguió ser novicia. Una noche sintió enervamiento grande; se cerraron sus ojos; las manos cayeron inertes, y un frío dulce y ascendiente besó su cara pálida. Allí, apoyando las patitas débiles sobre los barrotes de la ventana, cantó un ruiseñor. Fué un canto de inflexiones delicadas y amables, como musitar de oraciones y besos de madre: Soy yo, tu alma, tu almita blanca que huye de ti... ¡Volaré! ¡Volarél Conoceré países soñados; anidaré en árboles lejanos; piaré en rasgados ventanales de palacios; me bañaré en lagos tiistes, melancólicos, donde naden nenúfares y bañen sus hojas los sauces bajo besos lunares; cruzaré por cima de mares donde las olas encorven sus lomos bajo las carcajadas de luz que escupa el sol... ¡Volaré! ¡Volaré hasta, ti; se hará la transfusión y te relataré mis viajes! ¡Adiós! ¡Adiós! Y hendió los aires punteando en las azulosidades del cielo. La novicia sintió la necesidad de dormir. A la mañana siguiente, su cuerpo necesitó alimento; luego, sueño; después, comer... El cuerpo sin alma no sufrió más ni gozó. Y un día la llamaron Sor Patrocinio; cambió sus vestidos azules por un traje negro y unas alas de linón que encuadraron su cara. Por las noches, asomada á s u reja, mirábalas estrellas largas horas, con la fijeza de idólatra de religión sideral... Galopó el tiempo. La tierra dio flores y frutos dos veces; se envolvió en sudarios otras dos; y Sor Patrocinio alternaba de ropas: eran las unas de lana, prestadoras de suave calor á su cuerpo; de hilo las otras, transmisoras de frescuras cariciosas... Sintió Sor Patrocinio rebrincar de latidos en sus sienes; huyó la saliva de la boca; los párpados separáronse con ansias de librar la pupila para que hundiese más el mirar allá... Había llegado el ruiseñor. Su canto fué de dichas y bienandanzas; las unas, rojas, del color de las pasiones y emociones que agarrotan el cerebro; las otras, azules, con la dulzura de los llantos gozosos que besan el corazón. Soy yo, tu alma, tu almita blanca que retorna á ti. Historiaré... Calló. Allá lejos el viento trajo y llevó el ladrar de un perro. Después, el relato del ruiseñor murió poco á poco en el oído de la monja: Era en un castillo que, en tierra malancólica, en Asturias, elevaron nobles. Era una noche de fiesta. En el amplio salón desleían las bombillas eléctricas su luz blanca y alegradora. Una mujer joven, envuelta en gasas, acariciaba el piano que languidecía en una música valsesca... se extendían las notas sobre las mujeres descotadas. Las flores agonizaban en los jarrones sostenidos por figuras broncíneas de cabellos lacios y flotantes ropajes... Y las parejas danzaban con un chas- chas de los pies, complemeutador del morir del vals, dando la sensación de que el goce huía... Y danzaban, danzaban las parejas, entornando las damas sus ojos jí, fí) a, bajo el sonreír de aquellas bocas rojas cubiertas por bigotes velazquinos... Después fué el rigodón de honor; y sobre la alfombra carmesí cruzaron Tj señorialmente los ancianos vestidos f de largos casacones, con bandas y ji cruces brillantes; señoras ajamonadas 1 que arrastraban las colas de sus ves tidos cortesanos... fc Y allí, en el jardín, donde los farolillos venecianos alumbraban las es tatúas augustas de dioses que fueron, j. languidecían los violines... Y cantaba el ruiseñor: I Era un día de sol. Subían la calle de Alcalá vistosos carruajes con mu jeres de mantilla blanca salpicada de claveles sangrientos; corrían los tranvías alegremente, tintineando entre fr el hervir del gentío; quebrábase la luz sob -e las chaquetillas brillantes de los picadores...