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Á: m í 3. i v írV -reí 1 K V f AbMA EKKANTE Y S- llíj en la lejanía, donde el sol desangrábase, sonaban esquilas j balidos, cantos jayán esees, ladrar de mastines... toda una égloga tranquila y plácida como sonreír de viejo. Unas aves negruzcas cruzaron hacia poniente hundiéndose en el incendio, donde recortaban sus siluetas árboles lejanos. En el puente alto tendido sobre el río, sonó un pitido angustioso; después jadeó una sierpe obscura vomitando humo... y huyó; su trajín de herrajes y maderamen perdióse en la sierra. Los árboles del convento cabecearon como gigantes ebrios que se cuentan sus penas monótonamente, con igual sonsonete: un rum- rum apacible evocante del sueño. Un piano, lejos, muy lejos, escupió en la muriente languidez del crepúsculo las notas de un vals galante: era un haz de suspiros y gritos, de besos, que se deshacía en el atardecer con la enfermiza voluptuosidad de todo lo finito y no durable. Allá en el fondo del jardín, rodeando la fuente de piedra que lloraba su hilo brillante de agua, estaban las colegialas bajo la confusión que el reposo y el silencio ejercían sobre sus alas. Sentían impulsos de agruparse rozando sus vestidos, uniéndose las caras, para que las confidencias no salieran de allí, no llegasen á la frente de la hermana. Acariciaban con sus manos marfileñas las cabezotas de ángeles rubenescos de piedra sustentadores del pilón cuadrado. Y una vocecita susurrante, cariciosa, deslizó el principio de una historia de amores. -Una vez me siguió un teniente, y... La campana se quejó en la chata torre; huyeron las palomas con un fuerte rumor de alas; circularon en el azul... La oración de la tarde. Hincáronse las rodillas; cayeron sobre el pecho las cabecitas rubias, y un niusiteo suave revoló. -Ángelus Domini nuntiavit MariiE. Et coticepit de Spiritu Sancto... Entre el severo oracionar chilló una risita, tímida primero, explotando luego carcajeante, alegre. Las educandas volvieron la cabeza; alzó la hermana la suya, y la culpable, una nena rubia y rosada, sintió ardor en las mejillas y lágrimas en los ojos. -Es... es, Sor Patrocinio, que Case... me hace cosquillas... con una pajita en el oído. -Sabe, Sor Patrocinio... Y las lágrimas vencedoras juguetearon en las mejillas rojas de la nena. -Ven aquí, Lita. Y la riionja pasó el brazo sobre el cuello de la llorosa; después, su voz opaca continuó: -Gratianí tuaví qucssumzís Domine, mentibtis