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Era vina calurosa noclie de estío. Ni la más ligera nube empañaba el transparente azul del firmamento. Abstraído estaba el hombre velando cariñoso el apacible sueiio de la niña, cuando el hada se le presentó segunda vez. ¿Estás contento? -le dijo. -Como jamás lo estuve. -Pues prepárate, porque tu dicha toca á su término. Vengo á llevarme á Gi- üiuijin. El hombre creyó morir de dolor... Exigió, pidió, suplicó de rodillas, pero todo en vano. -Grantíjin va á morir para ti. Cuando no aliente, cúbrela con lo mejor que tengas; colócala en un ataúd, y espera. Yo vendré por ella; volverá á ser rosa, y en el edén vivirá. Y aquella misma noche los pétalos, convertidos en caísellos, comenzaron á marchitarse; los corales de sus labios palidecieron, y al rayar el día, los fulgurantes luceros de sus ojos, imitando á los que en el cielo brillaran y que medrosos se ocultaron al disipar el alba las primeras sombras, perdieron el brillo... se ocultaron también. Era de ver con qué dulzura aquel hombre rudo acariciaba el inanimado cuerpo de la niña, le cubría de gasas y ñores, le tomaba después en sus brazos, imprimía en el rostro frío millares de besos, cual si quisiera con ellos infiltrar nueva vida terrenal en aquello que por tiempo tan breve había sido su dicha, y le colocaba, por último, con temblorosa mano en una cajita blanca, muy blanca, adornada con cintas de oro. El hada volvió; colocó el ataúd en su regazo y emprendió raudo vuelo á través de los espacios, llevándose el cuerpo de Gra r, i- i- irque experimentó aquel hombre s cruel de su vida. Loco, frenético, cesar por los campos, por las seló sin descanso llamando en vano rte, entregóse á las mayores loculedos crispados claváronse mil ves revueltos mechones de sus cabea que el corazón, fatigado por taniones, impotente para seguir en su ición, fué paralizándose; y á aque; ión, á aquel período febril, sucestado de calma, de aplanamiento, nvirtió en un ser insen. sible, idiota casi... ¡Pero t a m p o c o lloró! El Destino, viéndose nuevamente b u r l a d o intentó la última prueba... y allá fué el hada tercera vez. -Despierta, -le dijo. ¿Otra vez tú? ¿Qué quieres? ¿Y Gramijin? -Vive; pero está expuesta á m o r i r p a r a siempre y en tu mano está el evitarlo. ¿En mi mano? -Habla! ¿Qué debo hacer? -Gramijin, c o m o te anuncié, ha vuelto á ser rosa; pero deslumhradas por su belleza las j demás flores del celestial jardín, la envidian, y a tni de que se marchite pronto, la niegan el agua precisa para la vida. Necesita riego, mucho riego, y á pedírtele vengo. ü n temblor nervioso agitó el cuerpo de aquel hombre; su corazón latió con violencia, y sintió que una emoción dtilce, para él desconocida, subía rápida hasta el cerebro, deshaciéndose allí en algo que descendía á sus ojos y que velaba su vi. sta, impidiéndole distinguir la sonrisa de triunfo que en los labios del hada aparecía. Acudió con sus manos á descorrer aquel velo, á evaporar aquella neblina... y al retirarlas, un torrente de lágrimas desbordóse del cauce y corrió impetuoso por sus tostadas mejillas. ¡Por fin! -dijo el hada; -y desapareció. ¡Sí; por fin! -dijo él á su vez anegado en llanto. Ahora es preciso; ahora lloro... pero no de sentimiento, que el mío siempre fué muy cruel, sin lágrimas, y quizá ellas hubiesen mitigado más pronto mis dolores... Eloro para dar á mi Granujin el riego cjue otras flores envidiosas la niegan; para que viva, para que no se marchite... ¡para que no muera! Y aquel hombre vivió mucho tiempo... vivió para llorar... lloró para cjue Gi- anitjín viviese... y Gramijin, convertida en rosa y alimentado su tallo por la savia vivificadora que en él infiltraban aquellas lágrimas, vivió lozana y hermosa, siendo la flor predilecta en el jardín encantado de la mansión de los ángeles. i v i SEGUNDO GAEÁN DIBUJOS DE REGIDOR (NÚMERO S DE NUESTRO CONCURSO DE CUENTOS F. J. NTÁSTICOS)