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6 KAIMUJ 1I SI Dzííí señor, este era un hombre... A la mitad del camino llegaba ya en el de la vida, y durante este viaje había experimentado como todos los humanos, sinsabores y reveses, crueles tinos, más llevaderos otros, pero, al fin, impresionantes todos. vSin embargo, el llanto era para él desconocido. Por aquel rostro atezado, cubierto de hirsuta barba y de aspecto semisalvaje, ni una vez siquiei a habían corrido lágiñmas. Y no era que isu corazón estuviese seco; sentía, pero- á su manera: en secreto, en silencio, con el verdadero sufrimiento del alma, con ese dolor que aniquila, que mata, pero que no deja huella. Vivía solo, y su único anhelo era que el Destino pusiera á su lado alguien que le acompañase, que endulzara los últimos días de su vida. Y el Destino, que hacía tiempo buscaba modo de hacerle llorar, pensó conseguirlo, y ya que no pudo lograrlo nunca por la desgracia, resolvió hacerlo por la felicidad, dándole lo c ue pedía, aunque después se lo arrebatase, si preciso fuera. Y envió á su hada mensajera, que dijo al hombre: -Vas á tener lo que deseas. ¿No me engañas? -No; mira; -y le mostró una rosa. ¿Y eso ha de acompañarme? Se marchitará pronto. -Esta rosa va á t r a n s f o r m a r s e en una niña. La llamarás Victoria, p a r a que recuerdes siem pf e la que el Destino va á obtener sobre ti h a c i é n d o t e llorar. ¿La querrás mucho? -Tií lo v e r á s- exclamó pletórico de alegría. ¡Que si la querré! Pues ahí es nada: una niña que me sonría, que me hable, que me aturda con sus vocecitas... que hasta me incomode á veces... Será mi ideal. Creo que llegaré... ¿Hasta verter lágrimas? ¡No lo sé! -dijo el hombre después de un momento. -No sé si podre, pero tejuro que mi alegría mayor c ue si llorase. Soy muy rudo, pero pienso entre nú qi llanto no es lo principal para mostrar enas ó alegrías que pue afectar al hombre. Quizá llore... pero cuando sea riuls preciso. -Bueno: pues aquí tienes tu compañera. í Y del azul manto se desprendieron dos luceros, los más hermc que fueron á posarse sobre la yenuí de aquella flor orlada de atepelados pétalos rojos; el mar envió corales para formar los lal i las hojas de la rosa convirtiéronse en rizosos y encrespados buc llos de oro... y al soplo del hada, la flor tomó forma y trocóse en nina. A su vista el hombre quedó extático, mudo, embargado su espíritu de sin igual cariño, de amor sin límites. Ya repuesto, y en un loco trasporte de alegría, cogió con sus manos ásperas la cabecita de Victoria, besó sus guedejas, sus mejillas, apretóla contra su echo con efusión de padre... creyó morir de dicha... todo... todo... pero no lloró. Su corazón saltaba queriendo romper el cerco que le oprimía, pero ni una lágrima envió á sus ojos... ¡Cómo encantaban á aquel hombre, y cuánto endulzaban su vida las travesuras y picardihuelas de Victoria! Por una de ellas, el nombre quedó casi olvidado, y vino á su. stituirle un cariñoso apodo: Gramíjin. Sucedió que un día quiso reprenderla; se puso serio, y la niña, al mirar la seriedad cómica de aquel rostro, lanzó una alegre carcajada y alejóse palmeteando. El enojo de aquel hombre quedó destruido, y exclamó: ¡Ah granuja, ¡Cómo sabes que no puedo enfadaiiue contigo! Entonces fué la niña quien se puso seria; clavó sus dos luceros en los ojos de aquel hombre y dije haciendo un gracioso, mühín: -No te quiero. Me llamaste granuja... y no me gusta el mote. En todo caso seré granujin... porque soy chiquitína. ¡Oh, mi Granujin, mi alma, mi vida... Sí; serás Granujin... serás... ¡mi Granujin! Así- pasó un lustro: la niña queriendo al hombre; el hombre adorando á la niña. Viendo el Destiiio iue aquél no lloraba, y cansado de esperar, resolvió quitarle á Granujin.