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0o N CARNAL Y DoRA CUARESMA. la pelea que Juibo don Carnal eo 7 z la C- imres- iua. es, tmo de los más alegTcs, sensuales, vibrantes y curiosos episodios que el luás sanguíneo y regocijado entre todos los poetas españoles, el arcliipreste de Hita Juan Ruiz, entreveró en su inmortal Libro de Inten amor. Aunque este trozo del poema es un lugar clásico entre los aficionados á las buenas antiguallas literarias, no se lia lieclio tan vulgar como en realidad merece, ni son estos días sazón inoportuna para recordarlo. líl satisfecho arcliipreste se encuentra sentado á la mesa con su amigo don Jueves Lardero, que, como todo el mundo sabe, es el vecino á las Carnestolendas. Interrumpe su yantar un mensajero pálido, flaco y extenuado, el cual entrega al archipreste dos cartas de parte de su señora doña Cuaresma. I- ín la carta cerrada, esta señora, que reside en Castro de Urdíales, donde tiene el cuartel general de sus ejércitos los pescados, avi. s a al archipreste cómo esjísabedora de que anda don Carnal sañudo muy extraño estragándola la tierra y asiendo imicho daño, por lo cual ella está resuelta á desafiarle á, descomunal y nunca vista batalla de allí á siete días, ü l otro pliego, sellado con una gran concha, contiene el cartel de desafío, en él declara la guerra al Carnal goloso pof medio de su flaco emisario, que es el Ayuno. Leídas ambas cartas, el archipi este siente cierta aprensión. No así su huésped don Juf es Lardero, quien se declara alfrés, abanderaao ó alférez del ejercito de don Carnal. Llega el martes siguiente, y don Carnal se presenta, altivo y esforzado, al frente de su ejército, del cual el mismo Alejandro Magno se enorgullecería. La descripción del ejército revela una fantasía pantagruélica que el propio Rabelais liubiera envidiado: Puso en las delanteras muchos buenos peones; traían armas extraanas e fuertes guarniciones. Eran muy bien labradas, templadas e bien finas; gallinas e perdices, conejos e capones, ollas de puro cobre traían por capellinas; ánades e lavancos e gordos ansarones, por adargas, calderas, sartenes e cosinas (2) fasían su alarde cerca de los tisones... Real de tan gran precio non tenían las sardinas. En pos los escudados están los ballesteros, Vinieron muchos gamos e el fuerte jabalí. las ánsares, cecinas, costados de carneros, -Señor- -dis, -non me excuses de aquesta lid ámí. piernas de puerco fresco, los jamones enteros; Non había acabado de decir bien su verbo, luego en pos aquestos están los caballeros. ahévos a do viene muy ligero el ciervo: Las puestas de la vaca, lechones et cabritos, allí andan saltando et dando grandes gritos; -Humillóme- -dis, -señor, yo el tu leal siervo, luego los escuderos, muchos quesuelos fritos, Vino su paso a paso el httey viejo lindero... que dan de las espuelas á los vinos bien tintos. Estaba don Tocino con mucha otra cecina, Traía buena mesnada rica de infanzones, cidiervedas (3) e lomos finchida la cosina, muchos buenos faysanes; los lozanos pabones todos apercebidos para la lid malina... venía. i muy bien guarnidos, enhiestos los pendones; Preparadas tan lucidas tropas para el combaie, se le ocurre á don Carnal la funesta idea de cenar fuerte en compañía de todas sus mesnadas. Todos comen y beben de lo lindo, y cuando concluye la cena, se quedan dormidos como unos poltrones. Solamente les gallos velan. Entretanto Doña Cua- resma y sus ejércitos, que han ayunado, están vigilantes. Al romper el día, los gallos baten las alas y cacarean. La batalla coge desprevenidos á los de don Carnal. Todos amodorrados fueron d la pelea. Qomíenza ésta hiriendo el ajo p u e n o á don Carnal, y á la gallina las sardinas de Laredo. Las anguilas de (1) Patos silvcsU- es. (2) Cazuelas. (3) Chuletas.