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De un reloj lejano se desprendieron las campanadas de una hora. Resbalando el sonido de capa en capa del aire, zumbó moribundo en el oído de Andi és. El viejo, suspirando, se revolvió en la cania. Una sensación de vacío le hizo palpar instintivamente el sitio donde Matilde dormía, y al mismo tiempo que se cercioraba de la ausencia de su compañera, una débil luz, viniendo del. gabinete cercano, hirió sus pupilas adormiladas, y un ruido ahogado sonó sollozante. Andrés despertó del todo, se levantó y se vistió á medias, pensando que tal vez Matilde estuviese indispuesta, que tal vez el corazón... Sin decir palabra, ensordecido por la alfombra el pisar de sus pies desnudos, Andrés llegó al gabinete. Sentada ante un escritorio, de bruces sobre la tablilla donde unas cartas amarilleaban, Matilde gemía. Una vela quebraba su luz en los blancos cabellos de la afligida. Andrés, inmóvil en la puerta, se preguntó por qué lloraba Matilde, y su corazón palpitó enérgicamente, compadecido por aquella pena tan grande y tan profunda que oprimía á la vieja, haciéndola sollozar en la soledad de la noche. Acercóse más, y á la vez que apoyaba su mano en el hombro de la anciana, cogió con la diestra una de las cartas. Al contacto, Matilde alzó la cabeza, mientras Andrés leía: Tu Uuis se destierra; huye de ti, ya que no le amas bastante para decirta suya... ¡Andrés, Andrés, no leas, por Dios, no leas- -gritó Matilde, -no leasl líl marido, sin decir palabra, la miró, sintiendo que ante la revelación del secreto terrible, el amor, aquel amor único, fuerte, constante, que llenó su vida, le hacía crispar con ímpetu juvenil las manos justicieras. ¡No fui culpable: créeme, créeme, Au mío! -decía Matilde entrecortadamente, i: zando las manos sobre el pecho anhelaut ¡Infame, infame! -rugió el ofendido, a ii nazando con el puño cerrado la frente de d i tilde. ¡Infame, adul. -siguió, pero xio cluyó el insulto ni golpeó á la vieja, deter por la expresión de horrible sufrimiento c Ue invadía y desfiguraba aquel semblante que tanto amó. -Por favor... llama... -balbuceó Matilde roncamente, llevándose las manos al cuello- -llama... médico... Me ahogo... perdona... llama... El furor del engaño, los celos vengadores, el amoi- todos huyeron del alma de Andrés ante el terrible espectáculo. Contemplando el viejo aquellos ojos que hundían la luz inteligente de sus pupilas en sombra profunda, sintió á su corazón golpear frenéticamente el pecho como queriendo huir, y comprendió que la muerte le apresaba, estrujando y apla. stando el pobre corazón entre las nudosidades de sus dedos esqueléticos. Quiso pedir auxilio para él, para la infamo que agonizaba en su silla, caída la frente sobre las cartas reveladoras, pero no pudo proferir palabra. Una mano invisible tapió su boca. Algo se rompió, estalló dentro de su cuerpo con empuje tremendo, y tratando de asirse á la vida con sus manos crispada. s, Andrés se desplomó inerte, mientras el papel amarillento que sus dedos soltaron, revolaba y caía con chasquido quejumbroso sobre la alfombra. MAURICIO I.O PEZ ROBERTS DIIIUJOS DE MÉNDEZ BRINGA