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Andrés lanzo al aire una tenue espiral de liuiuo, ue se desvaneció cual aquélla generación de que u esposa hablaba. Dio uua nueva cliupada al ci arro, y apretando entre sus manos una de las de latilde, le dijo sonriendo: -Hija mía, no han m. nerto todos: aún vivimos osotros. Vivimos y nos queremos, y nuestra vida i: a sido larga, feliz. ¡Cuántos liay que no podrán ecir lo propio! ¡Cuántos murieron jóvenes! ¡cuán; os vivieron desgraciados! -Tienes razón. Aliora recuerdo á la infeliz Ma: iolita Guijarro, muerta á los tres meses de casada; i Miguel, que murió en un manicomio; á José guació... -Y Luis- -siguió Andrés, -el pobre Luis, que se c á América á los dos ó tres años de habernos asado. ¿No te acuerdas de el? La anciana suspiró hondamente. -Sí, sí le recuerdo. ¡Pobrecillo! ¡Qué buen amijo íuél- -Le veo, le escucho, -dijo el marido. -Aún hpy, ú cabo de tantos años, ine parece oirsu desped itla: rAdiós, Andrés; que seáis felices, muy felices. Matilde, sea usted tan dichosa como le deseo. íie fué; il poco tiempo murió en Méjico. Nadie se acuerda 1 él más que nosotros, y cuando nosotros mura ncs... Calló el viejo arrojando al suelo el cigarro, que- lio oculto entre hojas secas, siguió lanzando re la e. stela temblorosa de su humo. Hace frío- -murmuró Matilde, -hace frío. Vaadentro. Parece que se levatjta neblina. Andrés, abandonando el asiento, miró al cielo, velado por ligera bruma gris que fl otaba al soplar incierto d e l a brisa. Matilde también se alzó, y jmito á su marido contemplaba la niebla naciente. P e r o sus ojos húmedos parecían traspasar los muros y alejar el pen. samiento de aquel panorama conocido, llevándole á otros lejanos, muy lejanos. Y mientras la vista de la vieja se perdía en lontananzas misteriosas, sus manos enjutas donde las falanges escuetas se moldeaban bajo la piel arrugada, anudaron y deshicieron varias veces la lazada del delantal. -Hace frío. Entremos, entremos, -repitió estremeciéndose. Tras los ancianos cerróse la puertecilla de la casa. El jardín quedó desierto, y sobre las plantas mustias y los árboles casi desnudos pesó la niebla opalina y maciza, ahogando los ruidos, envolviendo ala tranquila inorada con el manto acolchado de sus vedijas espesas. En el comedor, la velada se deslizó plácida. Los esposos, hundidos en sus butacones, callaban, sintiendo en sus pies el halago tibio del brasero. Como siempre, Andrés esparció las cartas de tina baraja sobre la mesa y las revolvió, las alineó luego formando solitarios, haciendo predecir á los naipes dichas y desgracias. Como siempre, Matilde trabajó en su labor de gancho, moviendo la agtija de marfil, que entraba y salía picando y trabando la hebra en enrejado suave. Como siempre, junto á los inquietos cartones proféticos reposó inmóvil el ovillo de lana, sólo estremecido de vez en vez por la hebra, que se despegaba de él atraída por el arpón de la aguja. Tranquilas y lentas las horas cruzaban el cuarto, y cuando llegó la del reposo y Ips viejos se acostaron, la casa durmió también arrebujada en la niebla.