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i: iii v y jí Kí Vi fle í L ¿INDRES y Matüde envejecieron dando á las, gentes ejemplo de una felicidad conyugal pocas veces observada. Ni él ni ella ansiaban sa alguna fuera de su amor, y sus ojos no veían la vejez en los rostros leridos, que para ambos eran siempre jóvenes, hermosos y amados, Los corazones de ajjuellos esposos modelo palpitaron siempre al unímo, gozando y sufriendo juntos, experimentando idénticas sensacio? s, y tal vez fuese- ésta la causa de que enfermaran los dos á un tiempo, imo si el destino no quisiese separar en el dolor, heraldo de la muerte, res que taii unidos vivieron. Siguiendo los consejos médicos, que estimaban peligrosa toda enioón para sus corazones fatigados, Andrés y Matilde abandonaron el undo, y por paseos y teatros no volvió á aparecer aquella pareja ocadora de la amante senectud de Baucis y File; uón. Como los viejos tenían sus ahorrillos, no necesitaban auxilios de Tsonas extrañas. Sni hijos, sin hermanos, solos en la tierra, no echan de menos á nadie, ni ninguno se preocupó de su ausencia. El bullicio mundanal moría mucho antes de llegar á las tapias del rdín que rodeábala casita blanca donde vivían los esposos, y refugia) s tras las paredes que enguirnaldaba la hiedra, sembrando, podando, gullosos de sus dalias y de sus rosas, veían Andrés y Matilde caer i el pasado sus días postreros, con el lento sosiego con que caen en un tanque dormido las espaciadas gotas de una fuente que se seca. Vivían sólo para ellos, absortos en el egoísmo de su pasión i. mperedera, olvidados del ineludible fin que ahogos pasajeros, dolores fu, aces les anunciaban, pasando rápidos y entristecedores sobre el sot r r p leado y apacible cielo de su amor. Una tarde dé otoño, envueltos en la serenidad del crepúsculo, descansaban los viejos en el único banco del jardincillo. Junto á ellos, una planta de crisantemos, volcándose con la pesadumbre de las flores enracimadas y rojizas, esparcía su aroma amargo y penetrante por el aire otoñal. Iva tristeza del anochecer caía sobre todas las cosas, y Andrés y Matilde, influidos por ella, hablaban, desenterrando remembranzas de su vida, haciendo revivir hech os, resonar nombres que solameijte ellos recordaban. -K uñoz murió también, -decía el viejo fumando con despacio. -De aquella familia deben haber muerto todos, pue. de Josefita, la única que sobrevivió, no hemos vuelto á saber nada desde hace mucho tiempo. -Y los de Martínez- -recapitiiLaba Matilde, -y las de Guzmán, y Hernández Negro, y el buen aou Pablo. -Calló un momento, como haciendo memoria, y luego concluyó: -Todos, todos los de nuestro tiempo han muerto.