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La sombra abrió los brazos como aspas de molino, y pasando el tizón del uno al otro, le respondía casi sin voz: Bobo ¡Torpel Desventurado! ¿Cómo podrás herirme? -Pues mira, de esta manera- -dijo Antonio; y tomando de un rincón obscuro lo primero que halló á mano, que acertó á ser una aguijada, la lanzó como un dardo contra el fantasmón aborrecido. La aguijada llevaba tanta fuerza, que embotó su punta al chocar en el muro sombrío. Contra lo que el mismo Antonio esperaba, la fantasma lanzó un quejido. ¿Estaba herida? ¿Fué ella quien se quejó, ó fué el viento alocado del invierno que aulló por el cañón de la chimenea? Ni Antonio ni nadie hubiera podido decirlo. Solamente pudo ver que la sombra, separándose de la pared, venía hacia él, agresiva, ingrávida, aumentando á cada instante sus dimensiones, elevando sobre su cabeza greñuda el tizón en cuya punta bailaba una pálida llamita azul, y apuntándole á los dos ojos con dos dedos de su mano derecha, que se iban alargando, alargando como dos espadas sombrías y vengadoras. Antonio perdió la noción de sí mismo, y sólo sintió, más viva y punzante cada vez, la impresión fría de su ropa mojada, que le pasmaba el cuerpo y se le metía por el alma bajo la forma de un terror su prenio. Parecía haberse hecho más espesa la obscuridad en que se perfila el inmaterial contorno de su enemigo con fosforescencias inconsistentes de fulgor tenuísimo, que á cada instante se corren sobre sí mismas como si se fuesen á desvanecer. Una angustia dolorosa oprime el pecho de Antonio, temeroso de exhalar en aquel punto mismo su postrer suspiro. Pero se rehizo evocando el recuerdo de su vida entera e. sterilizada p o r l a d e s gracia; de la inutilidad de su constante e. sfuerzo para sacar adelante su casa y srr vida; y comprendiendo que había llegado la hora de fas grandes luchas y de las resoluciones atrevidas, sintióse capaz de dominar el terror que le erizaba el cabello sobre la frente, volvió los ojos á todas partes como buscando un eficaz recurso, y al débil resplandor de las brasas vio brillar la lengua acerada d e s u hocino... el hocino, el instrumento de trabajo, el arma ofensiva del labriego. Lo cogió en seguida; blandiólo sobre su cabeza con tanto aire, que estremeció las negras ataduras del cañizo, y asestando á su enemigo un desesperado mandoble, hundió el corvo pico de acero en el intangible cuerpo del gigante, que rechinó como un roble seco á quien el rayo desgaja. Rechinó 3- se deshizo en el aire, desapareciendo súbitamente los fulgores y las líneas de su contorno. Antonio corrió á encender el candil en una brasa, y cuando la llama hubo prendido en la mecha asomada al negro pico de hierro, registró la cocina mirando en todas direcciones con asombrados ojos. ¡Nada! Hundía Antonio sus miradas en la ahumada atmósfera de la cocina, y por ninguna parte acertó á ver á su enemigo. Solamente en el suelo había algo, una rueda oue negreaba sobre las lajas; acercó el candil y vio que era de hollín, en el que la luz resbalaba con reflejos fríos de un tono acerado. Poseído de una excitación en el fondo de la cual había un sentimiento de orgullo, un íntimo convencimiento de que ¡por fin! había quedado vencedor, recogió ansioso todo aquel hollín en una carabela, agarró un sacho, salió de la casa, y en el rincón más obscuro del cercano caminejo, al pie mismo de la tapia de su propio huerto, se puso á abrir un hoj o m u y hondo, muy hondo, donde enterrar con íntima y f e b r i l complacencia aquellos sucios restos del que durante tantos años fuera su perseguidor incansable. El le había matado: á él tocaba el cuidado de enterrarle. La lluvia caía sobre su espalda con terquedad inacabable de lluvia de invierno; pero Antonio no hacia caso; absorto en su labor y quemado por la calentura, cavaba con rabia, sepultaba la carabela llena de hollín, apisonaba la tierra hasta tapar el hoyo, la apretujaba bien golpeándola con sus recios zapatones, y se complacía con malsano i egocijo en dar cadencia á sus pisadas, acompañándolas con el ritmo mental de una corajuda ribeirana q u e entonaba sin voz, con la palabra inmaterial que estalla, luminosa y polícroma, en las caldeadas interioridades de un cerebro atormentado por la fiebre: jEs ¿a cSy csíci es itna hi- 2i ja qitc qtfíere cinhnijannc. Esta es, esta es, esta es, pero ya la espante El rú. stico canto le daba nuevas fuerzas para apurar el goce supremo de bailar sobre la tumba de su enemigo. Y como quien cumple una tremenda justicia, bailaba Antonio sobre el agujero j a relleno, donde estaba enterrado para siempre el encanto deshecho y el maleficio vencido. Agtií está, aqiá está, que ojíate la qite d mí vie mataba. Aquí esta aquí está. aquí está, la maté y la. enterré. Un escalofrío intenso hizo vibrar al infeliz Antonio; los dientes se le entrechocaban; un sudor helado se mezclaba en su piel á la humedad de la lluvia. Pensó en su salud y se volvió á su casa enfermo y tiritando, pero alegre con la trágica alegría de la venganza lograda. Transponía la puerta del curro, cuando de pronto se quedó inmóvil. Delante de él, debajo de la parra, sin rumor ni frondas y sentado en un columpio de sarmientos, mecíase tranquilamente de atrás adelante y de adelante atrás, el impalpable bulto de su enemigo redivivo, de aquél á quien acababa de enterrar. Antonio cerró los ojos y se desplomó sobre el suelo empapado por la lluvia tenaz, rítmica y mansa que cae sobre la descarnada urdimbre de la parra patriarcal, cuyos ramos retorcidos se elevan hacia el cielo gris; sordo á l o s lamentos é insensible á las desgracias de los hombres. LEM. GANDALIN (XL- MERO 1 DE N t E S T R O CONCURSO OE C U E N T O S F A N T Á S T I C O S) D I B U J O S D E M Ú N n E Z BRINCA