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SOMBRA DE ANTONIO lina ignorada parroquia de la Ulla Alta vive como puede- -que no es muy buen vivir- -un hacendado venido á menos gracias á los continvios reveses de fortuna, pérdidas y pleitos. Antonio, que así se llama, nunca fuera muy rico, pero ahora es casi pobre y se ve consumido por el ansia de procurar, sin conseguir, la restauración de su casa y b i e n e s batallando cada día con su propio mal humor, comiendo mal y sin ganas, durmiendo poco y sin sosiego. Al volver una noche, contrariado y mohíno, de un inútil viaje á la villa, que le i jir 7 a jt w B H hi O perder el día entero, iWji, Hfc WSÍm entró Antonio á tientas en su casa, subió por la escalera de servicio y fué á sentarse en la de. sierta cocina. Sus ojos de aldeano percibieron en seguida la claridad rojiza del r e s c o l d o y el pesado lianco de castaño, honra j decoro de la piedra del lar, en el que se dejó caer de un golpe, como desplomándose bajo el peso de sus amarguras y de sus desaciertos. Venía lastimosamente calado por la lluvia, fina, tamizada y sutil, que el bondadoso cielo no dejara de hacer caer por encima de él todo á lo largo del camino, entre la villa -la aldea. Su sombrero le había defendido la calie a y sus gruesos zapatones los pies, pero la chaqueta y el pantalón estaban empapados: el agua le había llegado al cuero. Escarbó la lumbre, arrimó para ella un brazado de leña, sopló recio y surgió la llama poV entre los troncos engarabullados del tojo puesto á arder. Aquello consolaba las en el punto y hora en que brotó la llama por debajo del humo retorcido, vio Antonio aparecer sobre la pared frontera su sombra, su propia sombra temblorosa y desvaída, que alargándose sobre el pavimento de lajas y deslizándose por la penumbra grisácea de la ahumada cocina, fué á sentarse en la artesa, apoj- ándose contra la pared. Desde allí le miraba de hito en hito, al tiempo que engruesaba tomando volumen y formas de persona y le sonreía con irónica expresión de fisga infinita. Antonio la miró con muy malos ojos, arrojóle un tizón encendido y le gritó muy incomodado: ¿Ya estás ahí, maldita? La sombra recogió el tizón en el aire, é imprimiéndole un rápido movimiento circular, se encaró con Antonio, habiéndole desde el centro de aquella rueda de lumbre, escupiéndole al rostro las palabras. -Aquí me tienes para servirte... de estorbo, ya lo sé. Pero vo á distraerte. Y se puso á soplar el tizón, haciendo brotar de él un chorro de chuspas que fueron á dar en un montón de paja dispuesta para aderezar un lecho. Si Antonio no se levanta á toda prisa para remediar el daño, hay un incendio en la casa. La sombra se reía y le dejaba hacer. ¡Topol ¡aturdido! -le decía con sorna. ¡Por poco quemas tu propia casa! Antonio venía acariciando, j a de tiempo atrás, una idea salvadora. Perseguido constantemente por su mala sombra, no lograba nunca, por mucho que trabajase, tener más de lo justó para no morir de hambre. Aunque azufrase la parra, no conseguía recoger buen vino; las vacas siempre estaban enfermas; el cano siempre se le descomponía ó atascaba en lo más hondo del camino. Cuando iba á debullar las habas, estaban medio podridas; cuando iba á majar el maíz, se le mojaban las mazorcas; y en cada una de estas contrariedades se le ponía delante la sombra, su maldecida sombra, que alargando hasta lo inverosímil los dedos de sus manos, pellizcaba los racimos, rehoyaba, como con punzones, los ijares de sus vacas, empujaba el carro al hoj uelo, y espolvoreaba con el orballo de la noche fría las habas puestas en el secadero, ó las mazorcas extendidas en el curro. Pues bien: Antonio se había cansado de esta implacable persecución y resolvió acabar con ella, matar á su endiablada mciga, destruir, fuera como fuera, su maléfico influjo. Pero ¿cómo? Era impalpable, escurridiza, se metía por entre los trastos de la casa o por entre los robles de la fraga; se envolvía en el humo de las estivadas, se escondía entre los jirones de la niebla, se dejaba sorber por los regatos del prado, se deshacía entre las brumas del río. Y siempre que él comenzaba alguna labor, reaparecíasele detrás ó á al lado, fisgona y antipática, haciéndole sentir la angu. stiosa pesantez de su presencia, mostrándole á cada paso su bulto de contornos imprecisos, sus ojos sin luz, su sonrisa insoportable, su terquedad abrumadora. Antonio apagó la paja, se encaró con la sombra y le dijo: -Mira, mal engendro del pecado (que no debes ser otra cosa, arrenegada seas) de hoy no pasa: ó tú me matas, ó te mato yo; pero vamos á acabar de una vez esta lucha de locos. p x