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AV 5 ASViUA 2 fWtyM ALVE, musa desterrada! ¡Qué bien pareces con tu túnica de blancura inmaculada, ceñida de rosas y laureles, emblemas del amor y d é l a gloria, rodeada de poetas que te cantan, de patriotas que se sacrifican en tus altares, de enamorados y de hermosuras que sólo á ti se rinden y sólo por ti viven y mueren! SuBge de los mares y ríos, surcados pot nereidas; desciende de los cielos, iluminados poi ángeles; sal de los bosques, poblados de dríadas, y exhorta, ¡oh musa de los ideales, inspiradora délas acciones humarías! exhorta á esa corte de almas puras que te amaron sin dolor y te siguieron sin desmayo, para que declaren por qué te siguieron y te amaron desde el nacer hasta el morir con tanto ardimiento y tal intensidad, que aun después de la muerte, trasponiendo las lindes de lo eterno y rasgando la tierra que los cubre, dejaron testinronio vivo de su amor en los libros y en los hechos de la historia. EL POETA V o cantaba por el amor de mi adorada, por la fe de mi conciencia, por la gloria de mi nombre. El mundo era para mí un espejo sin fondo, no más que superficie brillante donde se reflejaban los ideales de mi fantasía, sin que hubiera otra cosa detrás. Yo no sentía en la naturaleza más que lo que alcanzaban mis OJOS, mis oídos y mi tacto. En el cielo sólo veía azul purísimo con que comparar los ojos amados. En la tierra, paleta multicolor de donde sacaba colores para pintar á mi adorada. Servíame para su blancura la nieve, para sus mejillas las rosas, para sus dientes las perlas, para sus dedos el marfil, para sus trenzas el oro. Yo creía en los ángeles, y los veía corpóreos en la figura de mi ídolo. Llamaba invención poética á los hijos de mi cerebro; llamaba canto á la forma de mi invención, y llamaba lira al instrumento de mi canto. Desdeñaba las grandezas y los poderes mundanos, y despreciaba los dolores de la miseria y las necesidades de la realidad. Vivía mal por perdurar bien; no hablaba con lo presente: hablaba con la posteridad; no quería ser hombre: quería ser estatua. E L HOMBRE DE CIENCIA o estudiaba por el bien del espíritu humano, sin dignarme bajar los ojos á las groserías de la materia. En los misterios sacerdotales de Babilonia y de Egipto, en las escuelas de Grecia y de Roma, en los claustros de la Europa medioeval, yo perdía la luz de los ojos y la fortaleza de las carnes por escudriñar lo impalpable y descubrir lo que no estaba á la vista, lo que existía dentro del hombre, detrás del sepulcro, encima del cielo. Mis ciencias eran la filosofía, la moral y la teología, disciplinas de las ideas, de la vida presente y de la vida futura. Lo demás interesaba poco ó nada á mi ciencia, ni aun siquiera á mi curiosidad. La musa inspiradora de mi pensamiento no me inclinaba al estudio de lo que hay real y práctico, vivo y efectivo, en la naturaleza y en el hombre, estado transitorio, pasaje de un día en los destinos humanos. No pretendía saber cómo es y qué tiene dentro nuestro planeta, sino de dónde viene y adonde irá á parar. No pretendía mejorar al ser social, sino purificar al individuo; no quería ser hombre de cai ne y hueso; quería ser espíritu.