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Klia soportaba con heroísmo aquéllas interminables sesiones, durante las cuales torturaba sus nei vios, vencía sus menores estremecimiiíntos; y tal era la inmovilidad de su cuerpo y de su rostro espc pecialmente, tal su blancura, que parecía una estatua, la misma que Flavio se disponía modelar en aquel montón verdoso de pastelina. II Sólo faltaba corregir algunos pliegues de los paüos v dulcificar un poco la expresión de la boca, 3 la Venus mfernal, ya tan famosa y d é l a cual tanto se hablaba en el mundo artístico, estaría hecha. Elia se había transfigurado en pocos días, en aquellos pocos que duró el trabajo y que tal fatiga la prodiijo. Sus ojos bellísimos estaban rodeados de una sombra violácea; su boca, roja y fresca, habíase obscurecido; el óvalo de su rostro estaba más descarnado, y la expresión tenía algo de ultraterreno que Flavio en la contemplación continua de su Venus no advertía. Y todas sus frases de cariño y de ternura más halagaban á la modelo inteligente que a l a mujer que le adoraba. Los admiradores j- amigos de Flavio querían á todo trance ver cómo iba el trabajo del insigne escultor, y le avisaron que irían por la tarde al taller. Flavio evitaría por todos los medios que aquellas gentes viesen la estatua sin que estuviera concluida. ¿Y cómo arreglarlo? No había tiempo. Apresurándose, quizás lograría concluir lo más importante: la boca. Y coloco á Elia cerca de sí, tomó los cinceles y púsose á trabajar con apresurameinto. A. quella, s delgadas puntas metálicas se le mostraban rebeldes. Cuanto más tocaba y corregía, niá. í se alejaba de la expresión apetecida, No, no es esto, no es esto! -pensaba Flavio; El sudor corría por sus mejillas y la desesperación reflejábase en sus ojos... ¿Se puede, maestro? A esta voz, acompañada de unos ligeros golpecitos en la mampara, Flavio se volvió rápido como un tigre, arrojó los cinceles con furia, y murmuró en el paroxi. smo del agotamiento un ¡Todavía no! que los visitantes acogieron con murmullos de broma. La Venus de mármol estaba desfigurada: los últimos golpes de cincel, dados ya casi á ciegas, agujerearon s u cara y torcieron su boca de un modo espanto. sb. Flavio, aterrado, la cubrió con un lienzo rápidamente y la ocultó así á la vista. Al poco fienipo reapareció tras la mampara, y dominando como pudo la emoción que le poseía, e. s: olamo dirigiéndose al grupo de sus amigos: -Señores, cuando ustedes quieran. Todos salvaron la mampara en tropel. Allí, frente á ellos, estaba la Venus infernal una estatua de cuerpo esbelto, de líneas limpias, correctas, medio velada su marmórea desnudez por unos paños maravillosamente puestos. Ea expresión del ro. stro reflejaba el sarcasmo, el odio y la venganza satisfecha. Entreabierta la boca, convulsamente 4 M 0 apretados los dientes, con tal asomo de verdad, que parecían temblar los pómulos y los labios. Parecía que iban á pronunciar una maldición terrible. ¡Era hermosa la escultura! ¡Y grande, inmensamente grande el artífice que logró crearla! Acjuellas carnes eran blandas: las manos crispadas atenazando el lienzo eran la verdad misma... El entusiasmo, la admiración y el elogio unánime se desbordaban ya en aquellas gentes. Sólo pudo cortarlos y aterrorizarlos á la vez una voz quejumbrosa, débil, que venía de lo alto de la propia estatua: ¡Flavio, Flavio mío! no puedo más. Y la Venus infernal se derrumbó sobre el pavimento. EEIIA: YO SOLO (N Ú M R R O G DE N U E S T R O CONCURSO DE C U E N T O S E A N T i t í T l C O t í J DlIiUJO. S n E SÁNCHEZ SOLA