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K í í VKNU S IKLP KmMAL I oDOS le proclamaban genio en el arte que inmortalizó á Fidias, y todos esperaban de él para el próximo certamen la obra que acabaría con los odios y las envidias de que le hacían blanco sus enemigos, y que al aquilatar su inmenso valer se colocara por derecho propio é indiscutible en el pedestal que la fama reservaba al vencedor. Flavio sentíase indeciso, vacilante é irresoluto. Ignoraba si el asunto que había soñado, y que cristalizaba en su cerebro, sería obra lo suficientemente grandiosa, y, sobre todo, si satisfaría á sus admiradores, convertiría á sus enemigos resueltos, y á los que de entre éstos le negaban en absoluto, afirmando que era incapaz de producir nada original y grande. Vemis infernal le perseguía por donde quiera que errase su pensamiento. Sí: ella podría proporcionarle el apetecido triunfo, sólo ella. La mujer idealizada para el mal, para la continua mortificación del hombre que siempre se juzga vencedor de la mujer, para su martirio más allá de la vida. Lograr animar todo esto en el mármol ó en la piedra, expresar tanto en tan rebelde materia, convencer á todos con la actitud, con la expresión, con el gesto de una estatua, le parecía al gran Flavio una obra titánica, supernatural, que nadie, y menos él, esculpiría. Pero declararse vencido, renunciarle era doloroso, y contra ello lucharía hasta caer, hasta sentir su extravío por el sendero del arte. Plizo venir modelos de todas partes, los pagó con esplendidez rayana en la vesania, ensayó actitudes, traxó uno y otro proyecto, y ninguno le satisfizo. Bellezas orientales del Norte de Europa y de América desfilaron por su estudio, dejando sus admirados é irreprochables contornos reproducidos en cartones y en caballetes, ó esbozados en cera, en yeso y en pastelina. Flavio las desechaba todas. Unas habían comprendido la ira y el sarcasmo triunfadores que el escultor quería grabar en el rostro de su Venus, pero al comienzo del trabajo, al ir Flavio á trasladar al papel, al cartón ó al yeso la expresión apetecida, los bellos ojos de la modelo despedían efluvios de inocente enojo, de ira vulgar como la que pudieran sentir al escuchar frases que rebajaran su belleza, de desesperación como quien siente agudísimo dolor material; su boca se entreabría, y el gesto de ella no respondía al de los ojos... No: no era aquello la Venus infernal que él había sonado. ¿Dónde hallar una mujer capaz de sentir el modelo como él lo sentía? Una mujer esbelta de cuerpo, de líneas limpias, correctas, medio velada su desnudez por unos paños, ojos negros que mirasen hondo mostrando en su tenaz mirar alegría de esa que sólo parece propia del asesino que en lucha con su víctima logra vencerle, ¡esa, esa era la expresión que él quería! Entreabierta la boca, apretados los dientes, y las manos atenazando el velo que cubriera sus encantos, causa del horrendo martirio á que condenaba á sus víctimas Y esa expresión es la que en fuerza de buscar modelos y estudiarlos en sus más insignificantes detalles, halló por fin en su amada Elia, una tarde en que atormentada por las exigencias de artista de Flavio, modificaba el gesto y la actitud según él la indicara. ¡Así, así debe ser la Veims infernal! -gritaba Flavio como un demoníaco mientras contemplaba á su sabor la actitud de la pobre modelo, acercábase y se alejaba para disfrutar más tiempo de la posible realización de su ensueño. Elia resistió en aquella actitud cuanto pudo; al fin el cansancio la venció. -Flavio, no puedo más. Era esto, ¿verdad? Sí, sí, pues yo lo repetiré cuando tú quieras, cuando vayas á comenzar el trabajo, -murmuró con fatiga y anhelo. -Sí, sí, eso era- -repuso Flavio, -y difícilmente recordarás con exactitud lo que has hecho. Desde aquel día comenzó á tralsajar con ansia, con apresuramiento, desde que había luz en el estudio hasta que la sombra de la noche lo invadía todo, como si la más leve interrupción pudiera borrar ó hacer perderse la actitud y el gesto sorprendidos en un momento.