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Nada pusde predecirse hasta ahora respecto á los resultados de la contienda. T a m p o c o deben acogerse sin reserva las noticias que publican los periódicos extranjeros, divididos j a hoy, como lo estuvieron con motivo de g u e rras pasadas, en dos bandos: uno f a v o r a b l e á los rusos y otro á los japoneses. Todas las noticias de procedencia inglesa pintan triunfos extraordinarios délas arm a s d e l Japón. Todas las de procedencia francesa, hazañas casi increíbles de los rusos. Y lo cierto idL. es que, tanto los rusos como los jaEL GENERAL KAMIMÜRA Y SU E S T A D O MAYOR poneses, a p e n a s comenzada la lucha, han participado cortésmente á todo individuo que tuviera aspecto ó facha de corresponsal ó agente telegráfico, que no le dejarán telegrafiar sino las noticias que convengam ó agraden á cada una de las partes beligerantes. De modo que así no es fácil entenderse, y los estrategas de café con gotas pueden á su antojo explayar la fantasía y servir á sus preferencias; porque sucede con los telegramas de la guerra ésta lo que con la legislación española: que, gracias á Dios, proporciona textos para defender y apoyar todas las opiniones, aun las más contradictorias y absurdas. Lo único claro que hasta el presente parece deducirse de todos los telegramas, viene á ser lo que ya sabíamos por el recuerdo y experiencia de la guerra anterior: que los japoneses son audaces, list o s e s t á n muy bien informados, muestran serena impavidez a n t e el peligro y esa especie de mecánica indiferencia propia de los pueblos de raza amarilla y producida por su escasa ó embotada sensibilidad. Creen l o s impresionables que la lucha en el mar s e r á provechosa para los japoneses, pero que éstos por tierra serán d e r r o t a d o s casi sin combatir. No participamos de esa creencia, pues el ejército japonés de tierra es tan bueno como el de mar; su infantería y su a r t i l l e r í a están organizadas y dotadas á la moderna, y solamente VN VIVAC D E C A B A L L E R Í A JAPONESA flaquea la cabaHería, á menos que también los celebérrimos cosacos hayan perdido los memoriales, cosa que nos parece poco probable, pues la razón de ser del cosaco no es otra que el constante ejercicio de caballo y de lanza.