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-Padre, peor es p o n e r s e p o r las malas. A p o c o tiempo de e s t e d i á l o g o conciso, en el prado de Celesto se metieron unos hombres armados de herramientas, y á golpes de azadón comenzaron la faena de abrirle las entrañas para cavar honda zanja, por cuyo seno había de penetrar la línea férrea. A cada azadonazo, bajo la hierba fresca asomaba la tierra roja como si sangrase por la heiida, y el rico prado de Cele. sto quedó partido en dos por la trin chera profunda de escuetos taludes, angosta hoz, entre cuyas paredes rodó con estré- pito la locomotora. Con la merma del pasto, Cele. sto mermó ui vaca; las dos parcelas no daban alimento si cíente para cinco. La vieja antañona, confo iban abriendo zanja se iba muriendo de parecía que aquellos zapadores le iban cav su sepultura. Y se murió la vieja; y como era uno ur cuidar el ganado y tenía éste además el peí la profunda trinchera, resolvió Celesto ven (vaca. Pero al año de vender la segunda, hubo qv en feriar la tercera, porque á Packil, de tanto los trenes por allá abajo, le entraron coniezc en ellos. Y en ellos fué. Dos veces por semana pasa! tido en un furgón de cola; desde la hondura do la gorra de visera galoneada de rojo, mirai, ba: allí estaban pastando, tranquilas y serenas, las dos vacas de su padre y de su hermana. También la hermana sintió el anhelo de abandonar el prado. Aquellos trenes que pasaban raudos, la atraían, la delectaban, y quiso catar, como Pachu, los deleites de una vida nueva que á cada hora del día la llamaba con el retumbo tentador de los convoyes. Y se marchó Etelva para ser guardesa en un paso á nivel, tres kilómetros más abajo de Lloreda. Quedóse Celesto solo en el caserío; él, dos vacas ¿para qué las quería? Con una bastaba; envejecido por el abandono, en caduquez prematura, no pudo sufrir ya la faena que imponían un par de animales, y en la feria de la villa vendió Celesto la cuarta vaca. Quedóse con la Pinta, vejancona como él, la que había nacido allí mismo, sobre el esponjoso prado, en una tarde de estío, al húmedo frescor de los laureles. lyOS trenes que venían de allá abajo, al cruzar el paso á nivel que guardaba Etelva, silbaban; Celesto y la inta oían el silbido. Parecía que la misma guardesa les avisaba desde allá lejos el paso de un convoy; oíanle rodar, meterse trepidante en la trinchera, estremecer el prado... La Pinta, que pacía, levantaba la cabeza y miraba con sus ojazos tristones á Celesto. Celesto devolvíale con ternura la mirada. El tren perdíase entre un boscaje de castaños; todo quedaba en paz, y la Pinta, inclinando su testa, volvía á relamerse con el jugoso pasto. FRANCISCO ACEBAL DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINO- t r