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Las cinco vacas de Celeste HI pr; Klo de Celeste era el más exuberante en la parroquia de I loreda; un srbazal fino y espeso en don t el pie se hundía con suavidales oluptuosas. Cuando estaba a la hierba, el más liviano soplo viento, haciéndola ondular, encala abundancia de aquel pasto ju tierno; era como un lago de aguas i on ondas que en sedosos tornasof i n fugacjs por la superficie. Cuan i I segado, era un espléndido manto l ílo; el rocío por la mañana le es 9 1- j- j -a, a de pedrería brilladora, y á la tarde, la luz crepuscular caía sobre él, obscureciéndole hasta prestarle los tonos misteriosos y profundos que al morir la luz toma el mar entre las rocas. Las cinco vacas de Celeste gozaban de aquel regalo, y Celesto también gozaba viéndolas pasí tar 5 relamerse, viéndolas adormecidas por la hari tura, viéndolas á la tarde abandonar satisfechas y ierenas la rica pradera en busca de la carrada calien e, seguras de que al otro día hallaban húmeda y í esca la hierba del prado mullido. Y en el invierno, lando la lluvia le empapaba, llenándole de charcos aguazales, convertido en cenagal limoso, las cinco as de Celesto aún gozaban los dones de aquella ra exúbera, rumiando el heno cálido que llena con ...roma campesino el ambiente de la corrada. Con aquel prado vivíala familia de Celesto: su madre, la caduca antaiiona que lo había visto herbecer en noventa primaveras; Celesto mismo; que al pasarle el gtíadaño para la siega, parecía acariciarlo en vez de guadañarlo; su hija Etel- va, que todas las mañanas, andarina y tempranera, iba de Lloreda á Gijón á repartir la leche, que trascendía á balsámicas hierbas; y PacKu. el hijo, el mozallón sanóte, el que ayudaba á su padre en las rústicas faenas de aquel prado, el que armaba con Celesto los halagares, las altas piladas de hierba seca, dorada por el sol; el que después las trasegaba al carro, y del carro á la tenada. El más sórdido avaro no mira con tanto regodeo su tesoro como la famila de Celesto aquel campo guarnecido en sus linderos por lozanas sebes de, laurel y roble entretejidas con la suave madreselva y el áspera zarzamora. Hubo un día en que alguna cosa grave debió ocurrir allí. A primera vista nada se adivinaba; el prado sin segar estremecíase ondulante con ¡a. s caricias del viento; las cinco vacas pacían serenas; los gorriones picoteaban alrededor de ellas; el lauredal del seto con el movimiento de sus hojas arrullaba aquella escena pastoril y trancjuila, jiero Pachti y Celesto iban y venían con desasosiego, del prado a la casa y de la casa al prado. Uno primero, otro después, cruzábanse sin hablar, sin mirarse apenas; á grandes zancadas paseaban la pradera, oteábanla con ojos de codicia, queriendo sorberla conuna mirada. En una de estas vueltas, Celesto dijo k Pachzi: -Hombre, míralo tú; dicen que es peor ponerse por las malas. Y Pachtt le respondió á Celesto: -Padre, por visto; es mucho peor ponerse por las malas. -Si fuese tan sólo llevarse un cacho; si llevasen de allá arriba, contra el robledal de la sebe... Pero tú hazte cuenta que cortan p e r l a mitad de la pieza. I I