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las voces del carretero, el lento é ineficaz arrancar de las muías, y con el tin... tin... del coche eléctrico que paraba á la entrada de la del Mesón de Paredes. ¡Q u é tarde es! -decía. ¡Pobre Pepe... cómo estará padre! La mole desapareció perezosamente, y la muchacha, deseosa de ganar el tiempo perdido, echó á correr por la calle azorada y descompuesta. Dobló la esquina y tomó la de Jesús y María, con tan mala fortuna, que tropezó con un chiquillo, raído, desgarbado y ciego, que con la guitarra que llevaba a las espaldas cayó al suelo. Ivágrimas y ayes más tri, stes que la noche derramaron sus ojos y escaparon por su boca. Gabriela, pálida y desencajada, sin acordarse ni del golpe ni del daño, levantó al mozuelo, y chorreando agua y presentimientos desapareció por la abandonada callejuela con las enaguas manchadas y el calzado sucio. Junto á la puerta de una casa, cuya estrecha fachada adornaban cuatro huecos y una reja que medio metro se. alzaba del suelo, un anciano, paseaba apoyado en- un antiguo paraguas, mirando á la parte alta de la calle. Sapos y repti. les salían por su boca. f Z -M SííífeV Miraba y miraba. Al cabo vio á Gabriela, y fué á su encuentro. ¡Alma de mi alma! gritó. Pajarilla de mi canariera. ¡Bendito Dios, y cómo te has puesto! -No se incomode, padre, que si la noche es mala traigo buenos jornales. A Dios gracias, otios pueden quejarse, menos usted y yo. El viejo abrió el paraguas, se detuvo, miró á su hija de pies á cabeza, y siguiendo, habló así: -Santos del ciclo, ¿cómo te has enfangado tanto? Pues deja, que media hora hace que está ese pillo espera que te espera. -Déjese, padre, el agua lo limpio todo; y de Pepe no hable usted de esa manera, que, bien mirado, no lo merece. ¿Y usted, padre, tiene ya trabajo? -Pa eso te tengo yo, ¡vida mía! No para que otro abra la jaula y escape con el pájaro y la llave de mi despensa... De hoy n o p a s a en cuanto se acerque, le rompo un ala, y así no volverá al nido. ¡jesús y qué malo está usted! Entre el tiempo, usted y el tropezón que acabo de darme, me van á quitar la vida. No gruña, que esta noche podrá beber en grande. ¿Me dejará usted hablar con Pepe? ¿Con Pepe... Beber, no dejaré de hacerlo. Pero, eso de hablar con Pepe, son palabras mayores. Esta noche, Gabrielilla, vas conmigo al teatro. ¡Para eso trabajo tanto, para gastarlo todo y no poder hablar con él! -No me hagas repetir otra vez que te necesito y que no quiero te cases. Dime: ¿Cuánto has cobrado? -Seis duros, padre- -Con uno sobra. I os otros, para vino, tabaco, comida y casa. -Do que usted mande; ¿pero, me dejará usted hablar con Pepe? Padre é hija llegaron á la casa junto á cuya puerta conocimos al vejete. Pepe silbó varias veces, disculpando la tardanza de su novia. De la reja salían rayos de luz que festoneaban la acera. A las diez, el cielo iba recobrando su hermosura primaveral y. tapizándose de estrellas. El joven volvió de cenar. En la reja todo eran sombras. Algunos tiestos de lilas y rosas interrumpían la lobreguez de la ventana. Frente á ésta se colocó Pepe, que estaba cabizbajo y lleno de pena, con el jornal en el bolsillo y sin saber en qué gastarlo. Gabriela no se asomaba, esto no cabía duda, pues bien claro lo decían los plateados reflejos de la luna, que en aquellos instantes besaban la vidriera de la reja con tanta dulzura como Pepe besaba en espíritu su linda modistilla Das horas pasaron. Pepe silencioso y triste, esperó hasta la una. Entonces ella y su padre bajaban la calle, al par que unos golfillos, acompañados del ciego y su guitarra, la subían cantando esta copla en son de tientos: ¿Por qué me cierra la ro a cuando mi querer se iguala el judío de tu padre, al cariño de una madre? DIBUJOS DE J FRANCÉS E N R I Q U E PACHECO DE EEYVA