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RECUERDO DE DINAMARCA A la princesa, (D E I- RANCISCO C O P P I Í E I D... -i p N silencioso parque escandinavo de abetos siempre verdes, donde el cierzo, sobre terraza espléndida, las flores azota y dobla en los marmóreos tiestos, una virgen bellísima, de añoso tronco augusto y real, vastago nuevo, blanca y gentil princesa de ojos claros, inmóvil, apoyándose en el terso jaspe de la esculpida balaustrada, mira el azul del Báltico á lo lejos. Su traje de satén es como nieve, y orlan su pura faz blondos cabellos de aquel rubio ideal, áurea corona do femeniles frentes bajo el cielo del Septentrión. De pie, ciñen su talle y á tierra bajan rígidos los gruesos pliegues de su vestido. Es cual fantasma de una reina encantada. Ni arde fuego, ni hay en sus ojos luz. Parece un lirio al tibio sol de medianoche abierto. Allá en el tiempo aquel en que viajaba por las tierras del Norte, conoceros. Princesa, no logré; mas vuestro nombro repetido por todos (y que quiero callar aquí) mi espíritu agitaba con doloroso afán. Enojo y tedio mi obscura estirpe me causaba entonces: y aun hoy ¡cuan loco! al recordaros, pienso en amores reales, é imagino ser vuestro ilustre prometido. Llego del país de las nieves y los cisnes, y me reciben con honores regios. Príncipe soy; un czarewitch muy rubio, adolescente, casi niño. Al pecho la gran placa prendí del Elefante, como agasajo á vuestro padre, y vengo á pedir vuestra mano. No gastamos enfadosos preámbulos; dispuesto por los embajadores está todo; y cuando llega el crítico momento, la escuadra rusa y la danesa flota empavesan sus mástiles á un tiempo; son cien estrepitosos cañonazos el madrigal cantado en vuestro obsequio, é izadas á la vez nuestras banderas, brillan al par sobre la luz del cielo. iPerdonad! Fui, no más, un caminante que ignorado pasó. Ni pude veros, ni me visteis tampoco. No pensasteis que toda una mañana, con pie incierto, un turista poeta, divagando por vuestro parque silencioso, en sueños de exquisita ilusión os evocaba. Nunca, nunca sabréis hasta qué extremo os vio pálida y rubia, última Ofelia; y cuál brillaban claros y serenos vuestros ojos cerúleos, contemplando azulear el Báltico á lo lejos. TEODOKO LLÓRENTE nIHU. IO DE J r A R T i N I i Z A l i A D E S íp- Uv -Á J. -í i n-