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EL HOMBRE DE LAS TRES PERDICES CUENTO VIEJO que he cazado, PRRico, toma esta, s tres perdices de Baticola de y llévaselas al señor notario A. rriba con esta carta. ¡Hum. ¿Qué refunfuñas allí? ¡Hum! I ejicos está eso pa golver en el día. ¿Y para qué quieres esas piernas, animal? Ea, toma para que te eches un trag- o en l a Venta del Arenal, y así andarás más ligero. -Estimando, señoramo. Vamos allá. (Echa danda. -ifilosóficamente. ¡Recontra, vaj a un fresquecito que hace! ¡Afeita la cabeza mismamente! Y aún falta u n a tonga mu güeña pa llegar á la Venta del Arenal. ¡Miá qué cosas tié mi amo! ¿Pa qué se le habrá antojao regálale al notario las perdices con este tienipecico? (Sigue andando y cantando hajitoj ¡Josús! ¡Dios me ayude! ¡Vaya unos asperezas y una abriera de boca que me está entrando! ¡Pacíiasco que j u á hambre lo que siento! (Palpándose el estómago. ¿Tú qué ices? (Certificando qtte. en efecto, el mal es apetito desordenado. ¡Dios uos asista! ¡Hambre es, carpanta pastelera! ¡Como que llevo ya andas tres leguas pa hacer boca! ¡Aii, contra; aquello que blanqtiea allá lejotes es la Venta del Arenal! (Llega á la Venta en tres zancadas. ¡Ha de casa! (Tentándose la faja y viendo (pie la propina de sti amo no ha dado d luz- -Usté se quede con Dios. Desanda lo andado y en el camino: signen hiendo dos perros gordos y uno chico. d supueMo al anochecer. El amo le pregtmta. llega Ventera, un cinquillo. Que no sea de eso cabezón. ¿Ves cómo has hecho el viaje en el día? ¿Qué te ha dicho el notario? ¡Ah! ¿Te ha dado una car- -Ksto es bálsamo. -Sí lo será pa las tripas llenas, pero pa las va- ta? (La lee. ¿Cómo es e. sto? ¿El notario dice que cías... ¡Uáaaa! ¡Recontra, vetitera, qué maja estala no le diste mas que dos perdices? -Sí, señor, dos perdices. lumbre! ¿Qué tié u, sté en esa ollica? -Pero y o te entregué tres... -E n esa, ná: agua cociendo pa lo que se ofrezga. -Sí, señor, tres perdices. ¡Miste lo que son las cosas! Aquí me tiusté á- -Y ¿cómo? ¿no ie has dado más que dos? mí cargao con tres perdices, ¡y qué á gusto Cjue- -Sí, señor, dos perdices... caería una de ellas en esa ollica! -Pero, hombre, ¡si llevabas tres! ¡Pues con esplumála! -Sí, señor, tres perdices. -jSuitusté, quitustc, que es cargo e concen- ¡Ah, tunante, es que te has comido una! cia! (Pausa y tempestad bajo un cráneo) ¡Coro que no iba á ejar ni las plumas! (Cediendo á la tentación. Ea, y a no va á ser el cuervo más negro que las alas. A esplumar se ha icho. (Despluma la perdiz, la guisa y se come hasta el hueso del caballete. ¡A Dios sean dadas! Ya hay hombre. Ahora en dos Ijrincos m e planto en Baticola de Arriba. (Coge el camino y lo hace como lo dice. ¿Es aquí en cá 1 notario? -Aquí es. -Dígaleustéqueletraigounmandaodemi amo. -Pasusté. -Dios guarde á usté, señor escribano. ¡Hola! ¿qué traes? -Este p á e perdices y e, sta esquela. -Gordas son: ésta es macho. (Lee la carta. Pero, oye, aquí en la carta dice que me manda tres pjerdices. -Sí, señor, tres perdices. -Y tú n o traes más que dos. -vSí, señor, dos perdices. -Pero ¿no traías tres perdices? -Sí, señor, tres perdices traíba. -Pues aquí no hay más que dos. -Sí, señor, dos perdices hay. -Pero, vamos, explícate: tu amo te entregó tres perdices. -Sí, señor, tres perdices, -Y tú m e das á mí dos... Sí, señor, dos perdices... -Bueno; pues mira, aguárdate un momento, que yo te arreglaré... (Escribe una carta. Ya está. Ahora lárgate, y le das á tu amo las gracias y esta carlita. -Gracias á Dios, bendito y alabao, que lo ha conoció su mercé. ¡Ya ecía yo que mi amo era un hombre de luces! Si llega á s e r su mercé tan bruto conio el notario, esta niesina noche le hubiá pedio la cuenta... TOMÉ DE BURGUIEEOS