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20 DIACADA DE FEBRERO PISCIS 7 STA palabra denota tina de las más bonitas constelaciones que en el firmamento brillan; como que s e compone de niás de un centenar de estrellas, repartidas en forma que la fantasía de los astrónomos clásicos representó como algo semejante á dos peces unidos por un lazo ó cinta de estrellas. De estos dos peces, el austral es un pez insignificante y anónimo, al cual no debemos conceder la menor importancia; pero en cambio, el otro es un pez gordo y terrible, nada menos que el antepasado ó ascendiente directo del horrendo monstruo Fafner, que la mitología germánica tomó de la griega. Iva diferencia está en que Fafner (el dragón wagneriano que tanto miedo nos dio cuando le vimos amenazando á Sigfrido en el escenario del Real, antes que padeciéramos bajo el poder de los gorgoritos gratos á Arana y á Carmena) estaba encargado de guardar solamente el tesoro de los NiiDelungos, mientras que el pez boreal de la constelación citada es el espantable monstruo marino que, para satisfacer la venganza de las Nereidas, intentó devorar á la bellísima princesa Andrómeda, hija del rey de Etiopía Cefeo y de la reina Casiopea. I a explicación de semejante atrocidad, aunque tiene aspecto mitológico, es profundamente humana. Sabido es que l a s Nereidas eran cincuenta ninfas marinas, hijas del dios Nereo y de la señora Doris. H a y quien exagera la fecundidad de esta señora, hasta el punto de afirmar que las Nereidas fueron ciento cincuenta. El padre Homero no admite más que treinta: pero la opinión general se decide por cincuenta Nereidas, que es un número muy decente, y los mitólogos recuerdan los nombres de muchas de ellas, entre las que n o podemos menos de citar á Calatea, blanca como la leche, á la altanera Agave y á la turbulenta Cimodocea, con otras muchas cuyos nombres se mencionan en el canto XVIH de la Iliada. Lo cierto es que las cincuenta ninfas no tenían nada que hacer, y ¡qué no habían de discurrir cincuenta solteronas ociosas y emberrenchinadas! La infeliz Andrómeda cometió la tontería de querer competir con ellas en hermosura, y como, en efecto era más guapa y las vencía, las Nereidas, despechadas, le fueron con el cuento á Neptuno ó Poseidón, grande amigo de ellas, y el muy bárbaro decidió arrojar á Etiopía éi pez austral, especie de serpentón feróstico á lo Fafner, que asoló todo el país. Los etiopes, afligidísimos, consultaron el caso con el oráculo de Ammón, y éste les dijo que para calmar al monstruo era preciso entregarle á la princesa Andrómeda. ¡Qué más querían la. Nereidas! L a pobre princesa fué sacrificada. En cueros vivos la dejaron en las peñas d e la costa, y á una de ellas la ataron con fuertes cadenas. Acercaba ya el monstruo á las rosadas carnes de la princesa sus sangrientas fauces, cuando ved aquí por los aires, caballero en el alado Pegaso, á un apuesto y gallardísimo paladín con las sandalias y el casco igualmente alados; con temible espada, l a hoja de bronce, de ébano los gavilanes; con flotante manto que por la espalda cubría la erizada cabeza de Medusa; con repujada rodela de cuero que el propio Vulcano forjó... Perseo se llamaba el paladín, hijo de Júpiter y de Danae, ó mejor dicho, hiio de Danae y de la lluvia de oro. Sin más que presentar á los espantados ojos del monstruo la petrifican te cabeza de Medusa, el formidable pez boreal quedó inmóvil, y Perseo pudo rematarle de una estocada en la boca, pues ya se sabe que por la boca muere el pez. Luego, el decidido caballero rompió cual si fuesen hilos las cadenas que ataban á Andrómeda, y es de suponer que por el aquél de la honestidad la cubriría con su manto; y por último, pidió la blanca mano de la hermosa princesa á sus papas, que se la concedieron gustosos. A su modo representó la escena el gran Rubens en un cuadro admirable que en el Museo del Prado estamos hartos de ver. Con el mismo asunto se han hecho más de mil cuadro, s, pero ninguno mejor que el de Rubens. W. B.