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V- M- i á CÓMO SE FORMA UNA LEYENDA I OS naturales de aquella serranía suben una vez al año, el 15 de Agosto, día de la Virgen, a l a cum bre del cerro alto y aislado donde está la ermita empotrada en las ruinas del castillo. Entre año sólo va algún que otro forastero curioso y de buenas piernas. Aparte de la fiesta á la Virgen del Robledar, allí no hay nada que ver, según el claro juicio de los naturales. En mi calidad privilegiada de forastero y de curioso, subí entre año un día muy claro y templado de otoño, guiado por un buen hombre que, para no perder el tiempo, llevaba dos perros y una escopeta. Durante la subida, que no fué corta ni suave, me repitió no sé cuántas veces que aquéllo cuando tenía que ver era en el consabido día 15 de Agosto, en que suben gentes de cuatro ó cinco pueblos y hay regocijos para todo el mundo. Misa con sermón, procesión por la cumbre, bailes, jolgorios, fuegos por la noche... ¿Y puñaladas? -También. Y cuando le di á entender que me agradan ver estos sitios sin gente y sin ruido, se encogió de hombros desdeñosamente, cómo diciendo: Ea verdad es que hay gustos que merecen palos. A medida que ascendíamos, el robledar se hacía más espeso: aquella pomposa verdura nos ocultaba la cumbre: al fin salimos á una meseta en que el bosque se aclaraba por cortas sucesivas y codiciosas que se lo iban comiendo. De allí á la cumbre tardamos media hora. Allí, el cazador so puso á dar voces al ermitaño; éste contestó desde la pendiente opuesta, y cuando me holgaba esperando ver la figura clásica del santero, con su luengo hábito pardo, su báculo y sus camándulas, bien barbado, bien rozagante por la salutífera virtud de la soledad y de los campos, apareció un labriego escuálido, en mangas de camisa, sucio, de color tercianero y barbas de ocho días, y por todo báculo vm azadón. Entramos por una puertecilla que más parecía ventana, y pasando por el recinto ruinoso del antiguo castillete y por la mezquina y desamparada sacristía, llegamos á la iglesia. Abierta la puerta que da al pórtico, entró el sol y pudimos contemplar lo poco que había. El olor de la humedad nos saturaba. El ermitaño nos enseñó el retablo barroco, medio caído y desdorado, donde está el camarín de la Virgen, y un sepulcro ojival que hay en el muro del Evangelio. En el sepulcro hay la estatua yacente de una mujer joven y altiva, amortajada con luengas tocas: á su lado debía haber un guerrero del que no existen más que los pies envueltos en las escamas de la figurada armadura. El pajecillo, dormido y apovado en el casco, se conservaba íntegro y libre de profanación. El frontal de la sepultura había sido picado bárbaramente para borrar la inscripción funeraria. A q. JACE. EOS. MVI. ALTOs. I PODEROSOS. SEÑORES DO... No se podía leer. más. ¿Quiénes son esos señores... -Yo no lo sé- -dijo el santero, -pero su historia la sabe todo el mundo. ¡MagnííKo! Dígamela, buen hombre, y yo la titularé con este título tan sugestivo é incitante: Hi. storía de unos señores que no se saben quiénes son. -Y sin que yo se la cuente, ahí la tiene usted... y señaló hacia una vidriera que hay en lo alto del mismo muro. Una vidriera holandesa, no mala á lo que pude ver. Muy maltratada estaba aquella página de colores, rota y cubierta de polvo. En los cuadros, que conservaban aún restos de la composición, se entreveían tres escenas: un banquete que un señor armado de punta en blanco, pero sin casco ni celada, daba á una porción de personajes vestidos con el más candoroso anacronismo del mundo: una mujer medio desnuda que corría por un bosque huyendo de feroces perros; la Virgen, rodeacla de cabezas aladas, le tendía los brazos desde una nube redonda; y aquél ú otro caballero que, para indicar que á más de guerrero era Fundador, llevaba una iglesia en la mano. -Bueno: ahora, vista la vidriera, venga esa historia ó cuento, ó lo que sea. -Allá, no sé en qué tiempo...