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-Adiós- -dijo al príncipe con acento triste. -No podéis ser mi yerno. Vino después un poeta. Su traje era desaliñado. Su pelo se encrespaba sobre la frente espaciosa. Crecía en libertad su barba rebelde, y cantaba en versos sonoros la hermosura de la doncella, por la que su corazón clamaba eternamente, mientras todo en los espacios repetía: Amor. ¿Te agrada? -interrogó Próspero á su hija. -Un poco extravagante y aun falto de limpieza me parece- -observó Rosalinda. -Pero dice cosas muy bellas. Y se repitió la experiencia. Y los ojos y las manos del vate fueron sobre la caja, que se cerró sola como una sensitiva. -Marchad- -ordenó desdeñoso el padre; -y miró á sil hija con tnste a. Y llegaron nobles, sabios, artistas, mercaderes. Y el oro enrojecía siempre. Y el padre veía con hondo pesar que la frente de Rosalinda se inclinaba como un lirio tronchado y las rosas de sus mejillas se marchitaban... Y acordábase délas palabras de Salomón. Una tarde en que la doncella, puesta á su ventana, pensaba con pesadumbre en su destino- -prisionera enjaula de oro, -acertó á pasar por delante del palacio un pastor. Era tan bello, que diríase Dafnis. vSu andar, reposado y ágil. Cubríase con candidas pieles. Y su brazo desnudo, de vigoroso cotí torno, dorado por el sol, volteaba una cayada con la que dirigía su rebaño. Vio á Rosalinda y se quedó clavado, estático. Y la doncella entró en busca de su padre y le dijo: -Señor, ahí aguarda un pretendiente á mi mano. El viejo, cada vez más triste, más desalentado, levantóse presuroso á recibirle. Pero al verle- ¿Te has querido burlar de mí? -increpó á su hija. -Me has dejado en libertad de elegir e. sposo- -contestó con firmeza Rosalinda. -Y este lo será si es de mi gusto. -Pero no sin que se someta á la prueba. Por ella pasaron príncipes y sabios, nobles y artistas. Justo es que pase por ella un pastor plebeyo y zafio. -Señor... -Si lio, no te casarás... Prefiero que consagres doncellez y fortuna a l a s divinidades, á mirarte casada é infeliz. Ahora mismo se abrirá la caja. -Señor- -suplicó humilde la hija, -demorad la prueba hasta mañana. Con, siderando el padre lo corto del plazo, aunque malhumorado, accedió. A la mañana siguiente, Próspero, sin esperanza y sin temor, llevó al pastorcillo, que no apartaba los OJOS de Rosalinda, ante la caja misteriosa. Y cuando ésta se abrió, el mancebo miró un instante. con curiosidad, el oro, que no varió de color, tornando pronto la vista á la doncella, por cuyo rostro vagaba maliciosa sonrisa. ¿Qué decís, señor? -interrogó entonces con timidez la hija. -Será como deseas- -contestó convencido el padre. -Y luego, al pastor: -Abrázala. Es tu mujer. Presto el mozo se dirigió á Rosalinda, con decidida intención de cumplir la orden. Pero ella, esquivando con rapidez el abrazo, corrió hacia la caja, y cogiéndola, la tiró por la ventana, sin que Prósoero pudiese evitarlo. ¿Para qué servía ya? -disculpóse con éste, que la reprendía. Y luego, dócil y pudorosa, se dejó abrazar por el afortunado esposo. Su rostro, en que florecían todas las i osas de su primavera, resplandecía triunfante. Y evS porque Rosalinda, temero- sa de consagrar su doncellez á otro dios que á Himeneo había la noche anterior trocado el oro virgen de la cajita misteriosa por oro de las arcas de su padre, mancillado por su paso á través de veinte generaciones de mercaderes. LI 3 MA: HORACIO, AMIGO D E HAMI ET DIBUJOS DE SÁNCHEZ SOIA (NÚMERO 5 DE NUESTRO CONCURSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS)