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L A PP. OEBft p N el remoto y encantado país de la Quimera vivía un mercader, de nombre Próspero, y de sinsu lar foi tuna en cuantas empresas acometió. Nuevo rey Midas, todo en sus manos se tr ansformaba en oro. Y cuando al declinar de su v i d a l a ambición saciada- -pudo pensar en amores, florecieron éstos en una niña, á cuj o bautizo- concurrieron todas las liadas, sin faltar ni aquella maligna y susceptible del cuento. Hermosa y buena Rosalinda, llenó el antes silencioso palacio con el gozo de sus risas y de sus juegos. Y el padre, al verla feliz, jjensaba que nunca hasta entonces conoció la felicidad. Mas llegó un día en que la voz de la niña resonó menos alegre, y su frente se abatió pensativa y la tristeza apénujnbró sus ojos; y conociendo Próspero que el capullo se abría y la hora del amor llegaba, pensó con terror en el futuro esposo. Rosalinda era hermosa, pero su dote excedía á su belleza. I os que á ella vinieran en son de pretendientes, ¿llegarían atraídos por el amor ó por el interés? ¿Cómo saberlo? Y sintiéndose el cariñoso padre- -más acostumbrado á manejar cifras que á sutilizar sentimientos impotente ante el magno problema, acudió al viejo Salomón, oráculo del país, que tras de una vida intensa y atormentada habíase retraído al bosque sagrado, donde en plácida contemplación aguardaba tranquilo la hora de su muerte. Tenido por los creyentes en opinión de santo, y de sabio jíor los cscépticos, todos acudían á él en demanda de ayuda de curación y de consejo. Y él á todos atendía remediaba, embalsamando con miríficos ungüentos y pomadas las corporales heridas y proporcionando mágicos filtros y el consuelo de su palabra fortaleciente y virtuosa para aquellas dolencias que por no exteriorizarse más que en nostalgias, ensueños y tristezas, son de más difícil diagnóstico y de más misterioso remedio. Y cuando Pró, spero le hubo expuesto la duda que le traía preocupado y sombrío, Salomón le habló así: -jMal haces en pretender conseguir la verdad. Piensa que la vida es una tela que de ilusiones se teje. Los sentimientos unos con otros se enlazan y es imposible aislarlos. Deja libre la elección á tu hija. Klla será feliz si cree en el amor de su esposo. ¿Qué importa c (ue aquel lleve por cortejo el interés? El oro dura más cuando se acompaña de un metal menos noble. No conviertas la riqueza que el destino te dio para tu comodidad y goce, en fuente de desgracia. Pero como Próspero no se diera por convencido, Salomón, el sabio amable, penetró en su gruta, que ornaba la hiedra y la madreselva perfumaba, y salió á poco con una caja de cedro, toscamente labrada. -Esta arquita- -dijo á Próspero- -guarda oro virgen, arrancado por los gnomos á las entrañas de la tierra, y encerrado aquí sin ver la luz del sol. Es la mejor piedra de toque para el interés. Porque apenas una mirada codiciosa se fije en el oro, éste enrojecerá como las mejillas de una doncella cuj o pudor se ultraja. Llévatela- -añadió, entregándole la caja, -pero te aconsejo que no uses de ella. Mira que imprudentemente abierta, puede ser para tu felicidad la caja de Pandora. No escuchó Próspero las iiltimas palabras de Salomón, y contento, partió con su arquita de maravillosa virtud. Y llegado á su casa, esperó tranquilo la aparición de los pretendientes al amor de Rosalinda. Incontables se presentaron. Pero el primero, admitido por su jerarcjuía, fué un príncipe- -de lejano reino venido- -sobre cuyo viaje corrían rumores varios. Según nnos, obedecía á una aventura amorosa. Para otros, tenía por único fin levantar un empréstito que fortaleciese su anémico- tesoro. Presentóse ante el padre y la hija, excusándose gentilmente por la falta de su real cortejo. Pero era un príncipe á la moderna, sencillo, ha, sta burgués; además, viajaba de incógnito. Su figura graciosa, sus maneras finas, su lenguaje pulido, agradaron al padre é interesaron á la hija, y cuando acjuél a preguntó: ¿Te parece bien? -la doncella contestó castamente: -Señor, hágase tu voluntad. -Mas preciso es someterle á la prueba. Venid- -añadió Próspero, dirigiéndose al príncipe, -vais á ver la mayor maravilla que contemplaron ojos humanos; -y le llevó á la estancia donde se guardaba la misteriosa arquita. Y la abrió. Dentro, el oro fulgía Imninoso y atrayente. El príncipe, fascinado, retrocedió. Y luego tornó á mirarlo. Y á su mirada, el oro perdía su re, splandor, como si palideciera, y trocaba su amarillez en carmín. Cerró Próspero la caja v