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17I NER A quí me tié usté ya, don Celestino; aquí tié usté af de siempre, al parroquían que más aprecia los hermosos ferros que le prestan ustés por un guiñapo mi capa con embozos de peluclie, el mantón de bon- ego de la Patro, que ha ceñío su busto en el invierno y que ahora se jubila en el verano; este zorro elegante que rodea su busto de marfil ú. de alabastro; y este reloj, recuerdo de familia que me costó quincena el conservarlo, son las mismas, señor, las mismas prendas que estuvieron aquí meses pasados sin detrimento que las menosprecie y sin mancha en ofensa de su ornato; ahora permítame que al entregarlas saque el pañuelo pá enjuagarme el llanto, cjue al abrigo, señor, de esta pañosa, pa el que no la conoce, un mal pingajo, en los meses más crudos del invierno me quitó más de quince resfriadosCuídela bien, que al fin es una herencia que me dejó mi abuelo, ¡pobre anciano! y además de prestarme un gran abrigo, pa colar el café también la usamos; si por mor de un ataque de polilla se ve como se ve, no haga usted caso: son cosas de la vida de las capas; los hombres somos hombres y cambiamos; son azares del tiempo, ¡qué demonio! A usté le conocí yo cuasi guapo, y hoy, no es llamarle feo, pero amigo se ha puesto usté hecho un coco con los añoü. Ahí tiene usté la prenda de mi vida: ante Dios, ante ti. sté y ante la Patro, le juro que pa el próximo Noviembre he de volver á acariciar su paño. ¿Cuarenta ríales todo? ¡Caballero! muchísima es mi fe por los garbanzos y por el triple anís y el Valdepeñas; mas ¿de dónde, de qué, de cómo y cuándo me rebaja estas prendas personales y me ofrece por ellas un puñado á perros con moquillo, que no sacian la sed ni con el vino más barato... ¿que por ellas pasaron unos días después de estar aquí meses pasados? ¿y dónde están las canas que delaten la viejez de mis prendas, por Dios santo? Denie usté los diez duros consabidos, examine ese zorro más despacio, vea que no es un zorro como muchos, y verá por su cara y por su tazto que se trata de un zorro distinguido que honrará de su tienda los armarios: contemple usté la hechura de la capa, dizna de Mendizábal ú del Tato; vea ese mantoncito de borrego, que más que de borrego es de rebaño, y fíjese usté bien en sus melenas 3 en el color y en su dibujo á cuadros; del reloj nada digo: es remontoire, de clase superior, sistema Dato, que aunque no apunta bien el minutero es un reloj que da las veinticuatro. ¿Me da usté cinco duros? ¿No contesta ¿Me da usté tres y medio, y es barato? ¡Por Dios, don Celestino, que se trata de la nesecidad de un desgraciado! ¿Que no me da usté nada? ¿Cómo es eso? ¿y los cuarenta ríales? ¿Pus, qué trato y qué fornialidaz y qué narices usa usté con los pobres parroquianos? ¡Eso sí que naranjas de la China! Usté se pué reír en el teatro del Ciutti At Tenorio, ú otro amigo más decidor; pero, lo que es de Paco, ni usté ni otro empeñista más esbelto le deja al niño de mi madre calvo... Además, y termino mi discurso, ¿no dice usté en la mue. stra: íCüidadanos: ¡ojo! se da dinero por alhajas, ropas y otros efeztos? ¿No q u e d a m o s en que á usté le causó muy mal efezto que yo pidiese por mis prendas tanto? Pues si mis prendas no valen dos ríales y le han hecho un efecto de mil diablos, no me pague usté nada por las prendas... pero, amigo, el efezto hay que pagarlo. ANTONIO CASERO