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i- f enamorado la Sea: üiida. ¡Vamos; tendría que ver que luego resultase duquesa la Segunda... ¡Otra! ¡cosas mayores se lian visto! ¿verdad? Cuando acabó la procesión, me allegtcé yo al señor duque, el cual hacía más diferiencia de mí que de nadie, y Moy y le pregunto: ¿Qué le ha parecido suscelencia la procesión y la letanía bailada... ¡Que es cosa muy de ver, -me dijo, y de oír! Hízose luego en la alameda el corro grande del baile pai a convidar á los forasteros. No faltó, no faltó el duque, ¡mal que lo disimulaba! ¡pero no podía apartarse mucho de donde estaba la Segunda! Va á empezar el baile, señor duque le decía el cura. ¿Iba á bailar el señor duque? ¿Pero sabría bailar? L, e vimos acercarse á la Segunda, no bien le dejó el señor cura, Ko bien estuvo junto á la Segunda el duque, ésta se puso más colorada, ¡pobrecica! más colorada que un pavo. Ambrosio, quitándose respetuosamente el sombrero, se retiró á algunos pasos de allí y quedó quieto, mudo. I- Iabía entonces un uso que era muy de ley. Kl galán llevaba rosa blanca, ó encarnada, ó jazmín, dalia, clavel, cuando era época, ó en fin, la flor que quería, y al convidar á bailar decía: ¿De qué flor gusta? Pues Segunda va y dice, viendo que el señor duque tenía un pensamiento muy grande i i enclava o en el ojal de la chaqueta; y la chica hizo lo que había de hacer: era el señor duque, era forastero, y se dignaba atajarse á bailar allí con la gente labradora. ¿Hubiera estado bien que la chica, le hubiera hecho un feo? Pues, el burro de Ambro. sio se puso hecho una fiera. ¡No tuvimos nada que hacer! ¡Dios me valga! ¡No tuvimos nada que hacer para contenerlo, porque parecía un mastín amarrao y que iba á romper la cadena pai a echarse enci ma de un ladrón! Todo el pueblo aplaudió al salir Segunda y el duque al corro. ¡Vaya una pareja! ¡Era lo que había que mirar! Y ya los miraban y se miraban ellos; cjiUe en un nromento en que ¡jara mí fué, que se encontraron los ojos, ¿estáis? el ahna del uno y del otro se vieron hasta dentro, se miraron sonrientes y como embobándose él en ella y ella en él. Cantábamos algunos á media voz siguiendo la música de la gaitilla. Allegábanse gravemente, como es costumbre. Jos mozos á las mozas, aquéllos con sus vestidos de fie. sta, ropa de paño negro, 3 éstas con refajo y sayas de colores y con cintas y otros adornos en el peinado, ¡Oué bien sale el saludo! Se saludaron, dieron vuelta á la rueda, j- aforma, í das las parejas; dio el bastonerón l o s g olpes de s e ñ a l ábi ense los bailadores en dos filas, L- en una los mozos, en. otra las mozas, extienden los brazos, y fronteros l o s galanes con sus damas, empiezan á seguir circulando y bailando á saltos acompasados y menudicos, y as! v a animándose el uKjvimiento. Siguió muy bien el baile, hasta la parada ¡lie hacen los mozos, cuales siguieron en marcha pero sin bailar, en tanto (jue ellas no cesan d e hacerlo; luego pararon las mozas y tocóles á ellos bailar. Hubierais visto á Ambrosio. No, lo que es el caso era b i e n d u r o bien punzadora y amarga p r u e b a líl pobre pasó el infierno aquí; co mo que veía lo que t o d o s veíamos, y él niás y