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jvN fA -o- -pobre mozo de l a b o i- -nn amorío i uiygraiid decir quieto que de mucho cariño, así por mí como por la mi no ia, que era Maiía Teresa, la hija de tío Castañera, el padie de la Isidora, que esta casada con l oño de la Morana. -Sí, el heimano de Canuto, el confitero de Yillacastín. -Mcsmamente; pues á lo que voj del baile... si tiene que ver ó no tiene que ver el baile, digo lo. s bailes de por acá. Bueno, pues estando como vos dijío en amoríos una nnaja á c. tcoiidías del p a d r e qiie era nniy c o d i c i o s o y abrutado, voy un día á Avila con la renta, casa del administrador del duque, y ¿á (iiién diréis que me hallé? ¡pues al nicsmo duque! Un hombrazo, muy mocetón él, muy recio, bien plantado y todo arrogancias en su meneo á lo gran señor, pero bueno como el p a n hombre llano como la parma de mi mano, y muy amable... ¡Como eran denantes los señores nados de señores! Pues va el señor duque, y como era mozo como yo, me dice que si hay buenas mozas en mi pueblo... ¡Como en todas partes, señor duque! Apuesto yo que será que hay buenas, rigiílaricas, medianas... y de l ó m a l o también hay; de todo tiene que haber, dije yo así muy risueño, como- estoy ahora con vosotros. Cuando están todas reunidas es cuando se puede escoger: cuando se arma baile en la plaza. Pongo por caso, ahora que viene fiesta (era por la Virgen de Septiembre) que de aquí á cuatro días es la Virgen, bien se puede dir. Pues, hijo, que el duque, que era de mucho alboroto él y muy gozoso, se anima y se viene conmigo al pueblo. Vinimos como si yo fuera otro duque ó como si é! fuera otro zagal de labor; vamos, que yo sin aquel saber ni aquel aire del señorito, ¿eh? ni él tosco ysiniplón como yo. Pues como iba diciendo, al otro día, y cuando ya retemblaba el pueblo con el traqueteo del tamboril, me hallé al señor duque parado ahí, hacia la calleja del Cristo; estaba como embelesado mirando á una moza, miiy a m i g o t a de mi Jalaría Teresa: Segunda. ¡Me valga Dios! lira más blanca... ¿Q u e si había que ver aquello... ¡Había que verlo... En jamás he visto yo una blancura al igual de la vSeg- unda. Y tenía la cara, vamos, como l a de una santita. ¡Lo que era más modosa, más modosa y más agradecida... -Oye, C a y e t a n o- -me dijo el señor duque, ¿quién es esa hermosura? ¡Qué bonita es esa nina! ¡Anda, como que es afamada! Esa la llaman Segunda la de Aldemorcja. Apuesto que hasta liablau de e l l a en el niesuio Madrid. El d u q u e se había quedado mudo. Pues si le entra á éste de veras- -pensé J O, -pobre A m b r o s i o te quedas en el aire; porque lo uno, que la chica no es demasía lo que te quiere; y lo otro, lo mucho que puede llegar á querer á este mozo, que es un poco más vistoso que tú; y esto sin exagerar. Aiín me acuerdo yo bien del día que se hablaron Segunda y el señor duque. Todo el pueblo, ¿quién había de faltar? fué como hogaño, como todos los años, á la ermita de Nuestra Señora del Cubillo. El señor duque tomó lugar en la iglesia entre el señor alcalde y el mayordomo de la ermita; diósele la presidencia de la procesión. ¿Había de haberse quedado Segtrnda, la gloria del pueblo, fuera de las filas? Entró, y tuve yo por suerte la de que me tocase ser su galán frontero á ella, y tocóle á Ambrosio la mi novia. Revientan en el aire ios cohetes, y empieza la procesión. Estaba toda la meseta como creo que de gente no la he visto ningún año; pienso yo que había forasteros hasta del cabo del mundo. El que no ha oído ni visto la procesión como era, no puede figurárselo. Segunda bailaba con gracia; el duque no quitaba los ojos de ella. Yo ya lo pensé: al dtique le ha