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Kb JiftDñ TH RA de lo uiás bello que puede crear la febril fantasía de poeta romántico y soñador. En su exterior aparecía de femenil estructura; el interior era más perfecto, pues carecía de cuantos órganos groseros componen la naturaleza humana, sin contener vaso ni entraña alguna. La había formadosutil y particular materia, cuya vida sustentaba con. los aromas de la flora universal, con rayos d e luz y absorbiendo buchecitos de las brisas húmedas y bien olientes. Con tan vaporosos alimentos se nutría el hada y conservaba su extraño, bellísimo y asombroso cuerpo. ¡Qué ojos los de esta hada misteriosa! azules, del color de la turquesa, si la luz viva les alumbraba; húmedos, dulcísimos y amorosos cual no digan mil poetas de los buenos. Mas conforme penetraban en los ámbitos sombríos del espacio, tornábanse obscuros hasta diluirse en el negro intenso del azabache. Y si en sus matices celestes eran bellos los ojos sobre toda ponderación, con su negrura fascinaban y herían como sutil saeta impregnada de dulce veneno. ¿Qué diré de todo lo demás de su figura? Imagínese cada cual lo más pei- fecto, cabal y armónico que puede vaciarse en hechura de realidad y mujeril belleza, y aún se quedará corto en el fantasear, por mucho que se extralimite. No iba desnuda el hada de mi cu. ento, no. Envolvía su blanquísimo cuerpo unas como gasas sacadas del taller de la aurora y de purpúreasy anaranjadas nubes; y un trozo de céfiro azul, formado de un cacho de cielo, figuraba sobre su cabeza á modo de velo de desposada, todo sembrado de estrellitas luminosas, y era rara elegancia q u e añadía á la figura singularísimo encanto. ¿Que en qué se ocupaba este hada portentosa? ¡Oh! sus quehaceres eran por demás grandiosos y sugestivos. Toda la santa eternidad la invertía embebecida en la contemplación de mundos y más mundos, soles y más soles, maravillas y más maravillas. Se deslizaba por el espacio sin ruido ni aun de alas, vagando por la atmósfera y bañando su espíritu en la inconmensurable extensión de la obra divina; y esto lo hacia con inteligencia de hada, que es casi tanto como decir con inteligencia de diosa. ¡Qué existir tan plácido y agradable! La ocupación de nuestros astrónomos es juego de muchachos comparada con la de esta hada maravillosa y sublime. Así transcurría su tiempo sin medida, ni envidiosa ni envidiada, en perdurable juventud, sin noción de la muerte ni del sufrir, sin pasión por lo miserable y perecedero, y poseída de amor del alma hacia la magnificada belleza de la labor divina y eterna. ¡Qué sabe el pobre mortal de esta mezquina tierra lo que vale y significa vida y amores semejantes! Un día de nuestro cuadrante solar, dio vi- sta el hada á nuestro nnmdo. Jamás había posado su planta sobre la atmósfera terrestre, y como novedad le chocó y se paró. ¡Qué feo es este planeta! -pensó. -Camina torcido, y su atmósfera es desigual y malsana. ¡Qué menguados é imperfectos deben de ser sus habitantes! Y lentamente descendía hasta tocar casi la tierra. Tenía también el hada don de lenguas, y así no es extraño que comprendiera la que; ja articulada que transmitía el eco de una arboleda cercana. ¡Ay, yo muero! -decía la voz entre quejidos angustiosos. ¿Qué será? -se preguntó el hada Y acercándose hacia el paraje de donde la voz partía, vio tendido en el suelo un joven y gentil guerrero armado de todas armas y sangrando de ancha y profunda herida que en el pecho tenía. El hada. se cernió sobre el herido, tocó con el índice de su diestra mano el pecho traspasado, y la tremenda herida se cerró al punto, quedando el joven sano y salvo y sin el dolor más leve. Estático le dejó visión tan portentosa y hecho tan inaudito cual el de hallarse curado con el mágico dedo de aquella. sílfide prodigiosa; y aunque no se dio cabal cuenta, por el pronto, de otra lanzada tremenda que recibió en su alma, conoció luego, á poco, que la flecha invisible del amor hacía su oficio con aguda y sin igual presteza. ¿Quién eres, di, oh tú, criatura deseada, ideal de mi alma, esperado y jamás hasta ahora realizado ensueño? ¿Quién eres? ¡Oh! Ven, ven... Desciende hasta mí, que te amo... -decía el guerrero con apasionado acento y todo estremecido. El hada se elevó un poquito más, y sonriendo á modo de... hada y con palabras que parecían susurros de la gloria, dijo: ¿Yo? ¿Que quién soy yo? Soy el hada. -Hada, sí, que no otra cosa eres: ven, ven. por favor; siempre te amé, peleé por ti y por ti moría que no á hierro de lanza de enemigo; ábreme el pecho que compasiva curaste y verás el incendio de mi corazón; todo él arde, y tu imagen se grabó en el fondo; ven, diosa, ó arráncame la existencia, pue, s sin ti no viviré. -No puedo ir ni puedo amarte- -replicó el hada, -por que mi alma se sustenta de otros amores masgrandes v eternos.