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Al subir un cotarrito y al bajar una cotarra, salió el pastor al encuentro con un cuchillo sin vaina. -Pastoreito, no me mates, por Dios y la Virgen santa, que diré á mis compañeros que no vuelvan á, tu piara. -Siete pellejitas tengo para hacer una zamarra; con la tuya serán ocho pa acabarla de aforrarla. Las patas para manguitos, las orejas pa polainas, y el rabo para agujetas para coserme las bragas; y en caso que sobre algo pa hacer un mandil pa el ama. Calló el pastor. Y el cierzo tremebundo arrastró en sus lio.i das de hielo la última cadencia del romance serrano. ¿Quién te enseñó el romance? -Mi padre. ¿Lo inventó él? -No, señor; mi padre se lo oyó á mi abuelo. Rra pastor tu abuelo? -Lo mismo que padre. Habíase perdido en el espacio el último verso y aún escuchaba su ritmo. Era el romance que los pastores viejos cantaban en los hatos, allá en las noches largas, para alejar del corazón de los zagales el miedo del lobo. Hubo un silencio. El pastor caminaba ligero, sin que sus abarcas dejasen huella en la crujiente nieve. Al coronar una loma paróse en firme y con su brazo señaló una dirección. Allí estaba el pueblo. Su caserío tiritaba bajo el manto de la nevasca; sólo indicaba su existencia la torre de la iglesia y el humo que lento ascendía de sus hogares. ¿Cómo te llamas? Juan, señor. -Pues adiós, Juan; ya nos veremos. Tornóse el pastor al hato, y yo, animoso, me aventuré en la senda que ondulaba en el robledo. Bien entrada la noche llegué á la aldea. Después de un largo caminar sobre la nieve, ¿quién no ha sentido la voluptuosidad exquisita de la posada en el pueblecillo de la sierra? Hn el zaguán obscuro sacudís, como matojo en primavera, los coiJos que blanquean vuestro capote; demandáis sitio en torno del fuego, y mientras la moza os escancia el retozón vinillo d é l a tierra, escucháis de labios de un serrano viejo los fríos fabulosos de las invernadas de antaño. ¡Antes eran las nevadas más fuertes y los lobos más feroces! Llaman á la puerta, y un nuevo caminante reclama puesto en el hogar. Es un baratillero que recorre los pueblos de la serranía. Viene de r- Canencia, y, den tro de su anguari. í na parda, farfulla quedos negocios están malos, que la nieve cierra los puertos y dificulta los caminos del valle, que cada madrugada alumbra nuevas fechorías de los lobos hambrientos. Un trago del pardillo de Escopete ahoga las quejas. Y de tiempo en tiempo el cierzo silba, y los cristales temblequean, y cae el hollín en la brasa, y un copo que penetra por la chimenea, enorme y solitario, se evapora en la cresta de las llamas rojizas. Y antes que el silbo se extinga y se evapore el copo, el viejo pastor dice con ademán solemne: -Este, este es el lobo que mata nuestros corderos. Y yo adormezco junto á la lumbre, mientras el viento simula aullidos y la brasa finge el fosforescer de las pupilas de la loba parda. Vuelvo á la sierra en primavera y recorro el camino del invierno. Zarandeados por los vientos marzales, los piornos han sacudido su carga de nieve; lloran los pinos sus invernales rigores, y el sol no tiene fuerza bastante para enjugar su lagrimeo. En el pinar alcanzo á unos pastores que bajan á la aldea. Es la Pascua, y llevan cruzados sobre sus hombros los corderos que han de sacrificarse. Pregunto por Juan, y me dicen que Juan ha muerto de frío. Bajó una tarde á la aldea y no tornó al hato. Retuviéronle hasta la noche el amor de la moza y el amor de la lumbre. Intentó subir luego, y, por ser la niebla espesa y la ventisca fuerte, no acr tó el camino. -Allí le encontramos- -dice el más anciano de los pastores, -junto á los pastizales, al pie de los cauchos, á la vera de aquel boyizo. Y su brazo indica el agrio declive de un barranco, en cuyo fondo, mugiendo, salta un torrente espumoso. Caminamos en silencio. Al terminar el robledo, en la primera y suave ondulación del monte, asoma el pueblo su albo caserío, envuelto en los últimos jirones de la niebla azulada. El agua en las caceras ríe bullidora y salpica sus espumas á las márgenes, florecidas de margaritas blancas. Vestidas de fiesta, circulan por las callejas las mozas, y brillan al sol sus pañuelos rameados y sus zagalejos de colores vivos. Y mientras el valle en su lozanía se alboroza, refugiado en las altas cumbres el enemigo del pastor, el lobo del invierno, enarca su blanco lomo, que se destaca del azul de un ciela- castellano. Y parece que, envuelto en los aromas de la brisa abrileña, flota irónico el ondulante ritmo del viejo romance serrano: Ni tus siete cachorrillos, ni ta perra truquillana, ni tu porro el de los hierros no valen para mí nada. as campanas voltean jocundas. Y los hombres, para celebrar la Pascua, sacrifican los cabritos más tiernos de sus rebaños: los que no devoraron l o s lobos durante l a s lar -gas n o c h e s de ventisca y hielo, en las rabiosas hambres i n v e r E. DE IESA niií. DE jinnjüoii