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4 íf V. P -íC a- U lOBA PARDA I D un viejo romance de la sierra. Yo lo escuché, de labios de nii zagal, una tarde de invierno bi- unioha y triste. Cuenta el romance anejas andanzas de pastores y lobos, y por sus versos corren ráfagas invernales; sólo lo ilumina y templa la esperanza tériue de una primavera riente y fecunda. Evoca su ritmo el paraje desolado y agreste. Envuelto en el encanto del misterio, tiene el candor infantil de las antiguas leyendas: dialogan pastor y lobo, y á los reqrterimientos de la fiera hambrienta r e p l i c a d hombre con montaraz jactancia. Fué en el rigor de la invernada. Ea nieve que cayera en la noche había borrado los senderos; yo caminaba aterido bajo el cielo nevoso; temblequeaba dentro de mi capotón recio, con el rostro encendido por el azote de la ventisca. Era la jornada áspera y dura. Resbalando en la nieve, mil veces me perdiera en su monótona blancura sin embocar el puerto. Hube de bordear las asperezas de roquedal bravio, y, traspuesta la cumbre, atravesé los piornos abatidos al peso del nevazo; luego crucé un retamar; más tarde me acogió la candida fronda de un pinar centenario. En el silencio de la montaña, una esquila tintineó melancólica. Ea vereda perdíase en un calvero. Un pastor salió al camino. Era mozo; bajo su manta, jironada por el uso, asomaba el zamarro; zahones renegridos y lustrosos resguardaban sus piernas de la humedad serrana; mugrienta boina protegía sus greñas. ¿Queda mucho para el pueblo? -Poco, señor. ¿Me perderé en el camino? -Desde la salida del pinar no tiene pierde. ¿Quieres acompañariiie? Nada dijo. Fijó un momento en mí la indifeferencia de sus pupilas claras, y comenzó á caminar por entre los pinos, monte abajo. Soplaba furioso el cierzo, y la nevisca, que a n t e s c a y e r a pausada y lenta, tor- nóse alegre y danzarina. Declinaba la tarde, y la voz del zagal, clara y vibrante, rasgó su helado silencio; Las cabrillas van muy altas, la luna va arrebatada, las ovejas de un cornudo no paran en la majada. Estando el pastor en vela vio venir la lába parda. -Llega, llega, loba parda; no tendrás mala llegada con mis siete cachorrillos y mi perra truquillana y mi perro el de los hierros, que sólo para ti bastan. -Ni tus siete cachorrillos ni tu perra truquillana, ni tu perro el de los hierros, no valen para mí nada. Entró y sacó una borrega, hija de una oveja blanca, que la tenían mis amos pa la mañana de Pascua. -Aquí, siete cachorrillos; aquí, perra truquillana: aquí, perro el de los hierros, á correr la loba parda. Siete leguas la han corrido poruñas grandes montañas, y siete la han arrastrado por unas veredas llanas.