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L CUESTA DE ENERO TTS lina cuesta perteneciente á la clase de las simbólicas, que son siempre las más difíciles de subir, hasta el punto de que muy bien pudiera reformarse la antiquísima copla diciendo: Para cuestas porque sínibólicas ciiestas quiero 7 z hurro las otras ya 7 Jie las SZÍIJO. Como por diferentes concausas los españoles padecemos la terrible desdicha de ser iria ccr. ipañía de dieciocho millones de cómicos de la legua, que no encuentran un actor de genio que los dirija, ni un empresario que los contrate, ni un camarero que les fíe dos bistekes, resulta aplicable á toda Espafia la frasecilla esa de la ciícsia de Enero, inventada hará medio siglo por algún histrión aburrido y traspillado de hambre y de frío. Así, no con mayor gallardía y holgura que los cómicos de poco pelo, suben ó subimos la cuesta de Enero los empleadillos de mala muerte, los periodistas de tres al cuarto, y toda la innúmera falange de azotacalles y desocupados que pudo salir adelante en medio de los despilfarres camachescos de las Pascuas, y que después se queda en tristísima situación, porque no hay nada tan aflictivo y angustioso como el hambre Cjue se siente al otro día del hartazgo. Si para la mayoría de los españoles la aspiración suprema consiste en ir tirando, bien se ve cuan grande es la tristeza y desamparo del mes de Enero, que añade á la fatiga de ir tirando, la de hacerlo cuesta arriba. Por consiguiente, no sólo es la cuesta de Enero un símbolo nacional, sino que el sitio más llano de la corte, ó sea la acera del Suizo, que es precisamente donde con mayor acritud é intensidad se notan los efectos de la cuesta, puede considerarse en estos días como la representación esquemática de toda la Península é islas adyacentes. Hay que ver aquellos rostros encanallados por los innobles surcos del colorete, aquellas temerosas barbas de quince días, aquellos inverosímiles ternos, tanto más entristecedores hoy cuanto que ayer fueron muy de moda, y ya se sabe que la moda de hoy es la ridiculez de mañana: aquellas miradas tétricas, que tantas veces quisieron en vano reflejar los chispazos de la ira ó las llamaradas del amor de pei sonajes mal estudiados y peor entendidos: aquellas bocas amargas, por las que pasó, sin percatarse de ello sus poseedores, tanta poesía como el agua clara de la fuente por la tubería negra... Todas las tristezas seculares, todas las miserias mal ocultas por la fisga y. zumba aparentes de nuestros autores picarescos, se encuentran allí, en aquellos corros de pobres seres que suben la cuesta de Enero sin moverse del lugar más llano, de Madrid. Y hay en los adentros de tan lastimosa tropa muchísimas cosas nuevas, inauditas y apenas al oído confesadas, que asustarían á Quevedo y á Espinel, á Castillo Solórzano -á Salas Barbadillo... y después de asustarles, acaso les inspirarían novísimas aventuras picarescas mucho más graciosas y risibles que las ya contadas Ninguno de aquellos ilustres varones previo la tremenda significación- picarológicade esa frase. ¡La cuesta de Enero! ¡Es algo aterrador, en lo que tampoco pensó Dante Alighieri: algo que pone los petos de punta! ¡Dieciocho millones de pobres cómicos cuesta arriba! ¡Hala, hala!