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lionuiguear la gente al sol de la mañana y se veían reflejos de broches y pasamanerías y cuentos d e espadas, y había también hidalgos que se resguardaban del calor en la sombra de los zaguanes, y doncellitas sofocadas, y rodrigones de sutiles carrillos y antiparras que andaban buscando orejas en que dejar recados amorosos, y alguaciles de escasos bigotes que andaban avizorados y tornábanse bizcos de querer mirar lo que no veían, y oíanse risas y cantos de ciegos y plañir de guitarras y algún pitode un zaguanete de guardia tudesca que cruzaba las calles próximas. Con los dichos D, Domingo de Sandoval y D. Luis Carrasco, acercáronse al grupo de D. Lope Cerceno y maese Buitrago muchos caballeros de capilla desfilachada y plumas mustias, que aseguraron ser verdad lo que decían de los duendes, y el D. Domingo añadió á este propósito que el Santo Tribunal andaba á la husma de lo que pudiera ocurrir, ya que en la memoria de- todos estaba lo de las endemoniadas de San Plácido, y que él inismo. había oído ea cierta madrugada repicar melodiosamente y no por mano de hombre las campanas de la Concepción, siendo tal, que á seis pasos de los muros del convento nadie hubiera podido asegurar de dónde salían aquellos rumores. E n fin, tantos fueron los datos con que el caballero aquel aderezaba su discurso, que D. I ope sintióse tocado d e cui- iosidad, y queriendo hacer alarde de lo poco supersticiosos que eran los de Frías, repuso con voz campanuda: -Ello será así, y no seré yo quien poffga entela de juicio palabras de un hombre de merecimientos (y al decir esto miraba la ropilla flamante y un tanto chillona del D. Domingo) pero apuesto quinientos ducados, que pagaré ó recibiré aquí mismo mañana, que h a de ser esta noche cuando, yo duerma en la rotonda del templo de la Concepción, valiéndome de la amistad que tengo con el provisor del P íi i- V y. yjor f if convento, q u e es deuda iiío, y juro- -añadió desnvainando á medias su tizona, juro por la cruz 1 le esta espada que uno de- ais abuelos melló en la latalla de Sierra Bermeja, ue de mis labios no sali mentira jamás, y que diré uanto de malo ó de buelo observe. ¿Va apostado, iues? á ÍS J; El de la ropilla tosió y -se quedó cortado, y el don Luis se volvió como si viera venir á alguien que le interesara; pero como al cabo todo consistía en no parecer por las gradas, ó en fingir una quiebra oportuna, ó en reñir, ó en pagar con buenas razones, la apuesta se hizo, y maese Buitrag o aseguró á D. Lope que su proyecto era temerario y perdería la razón, ó cuando menos saldría de allí con alferecía ó asiento, del que no podrían curarle todas las drogas del mismísimo Juan de Loeches. Fué el caso que D. Lope, valiéndose de la debilidad del provisor, consiguió que le pusieran cama en la rotonda, desde la cual, y por entre los balaustres, se veía toda la iglesia, teniendo enfrente la capilla en que reposaban Francisco Martínez, el artillero, y doña Beatriz, su mujer. iMiedo grande tuvo el de Frías al entrar en aquel sitio á hora tan desusada, y á fin de ganar por la mano á los duendes, puso al alcance de la suya un arcabuz cargado hasta la boca y su venerable espadón, y y a estaba á punto de meterse en el lecho, cuando sintió pasos y oyó tocar quedo á la puerta. Era su deudo el provisor, hombre carilleno, de frente estrecha y pelos como crines, que le dijo rápidamente: -Mirad, hijo, que lo de los duendes es chanfaina, y sólo vais á conseguir el pasar una noche en vela por lo medroso del lugar. ¡Dejadme, por el cielo! -exclamó D. Lope, -que esto h a de ser así, y apostado lo tengo, y no será el hijo de mi madre quien retroceda. -Hacedlo si os place; pero habéis de tener cuenta con el arcabuz, pues que por esa galería he de pasar, si Dios se sirviera darme una mala hora, ya fuese cólico ó cualquier otro raene. ster, y no digo más, y andad con tiento, que no sólo se corre el peligro de vuestra locura, sino de mi cargo. mm