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(ZODIACADA DE ENERO) SÍ como el enfermo del chascarrillo vulgar para tomar una medicina amarga quería comenzar por la segunda cucharada, la enumeración de los signos del Zodiaco suele empezarse por el undécimo signo, dejando el primero, que es Aries, para después, por razones astronómicas que á ustedes no les interesan ni á mí tampoco. Kl signo del Zodiaco que rige el mes presente es popularísimo en la Plaza de Poutejos. Gráficamente, suele representársele bajo la forma de un apreciable aguador; vamos al decir, no del vulgar traidor del agtia, que ya va desapareciendo de nuestros hoo ares, gracias al Canal de Lozoya, á quien maldicen los que no conocieron las delicias del actiario de nuestros mayores... pisotones. No; el Acuario representado por mitógrafos y artistas clásicos suele ser un anciano de barba luenga y, naturalmente, fluvial, el cual se apoya en un cacharro simbólico, y ofrece trazas de haber empeñado todo el vestuario en la ocasión menos oportuna para ello. E l sol tarda algún tiempo en decidirse á salir del simpático signo de Capricornio, en el cual entró poco antes de Pascuas; y ya llegados los días 19 ó 20 de Enero, penetra resueltamente en el dominio del Acuario, lo qué debemos interpretar como un excelente programa de política hidráulica. I,o malo es que el sol no siempre cumple sus programas, porque también en el sistema planetario debe de haber oposiciones á quienes no les cabe en ia cabeza la necesidad de la bienhechora pluvia. E n las circunstancias actuales, la sucesión de los dos signos del Zodiaco pertenecientes á Enero y Febrero casi casi h a tenido carácter de sátira política. H a salido el Acuario, ó sea el ministerio de la política hidráulica, y le han sustituido los peces mauristas (Piscis, que dicen los astrónomos, los latinistas... y los chulos de Cabestreros y del Mediodía Grande) los cuales peces llevan ya algún tiempo entregados al triste deporte de nadar en seco. E n l a antigüedad se daba al signo de Acuario la caprichosa forma de unas ondas, que algunos desahogados astrónomos tienen la Foca pretensión de que representa uu torrente ó un río. Mucho más racional nos parece la opinión de que este Acuario, según cuentan Virgilio en la Eneida y Ovidio en las Metamorfosis, no era tal aguador ni escanciaba con su cantarillo agua pura, sino una bebida más agradable: el delicioso Chateau- Ncctar con que se regalaba nuestro particular amigo y dios Júpiter en las augustas cuchipandas del Olimpo. Por consiguiente, si aceptamos esta opinión (y no h a y motivo grave para que no la aceptemos) convendrán ustedes conmigo en que el tal Acuario no es sino Ganimedes, el joven imberbe y modernista hijo de Tros y de la gallarda ninfa Calirrhoé, y á quien conocemos bastante por la circunstancia de haberle visto en cuadros de Tiziano, de Miguel Ángel y del Corregió en el critico momento de ser arrebatado por el águila que Júpiter tenía para éste y otros usos. Fué, pues, Ganimedes el primer individuo á quien la aviación condujo á algo práctico, pues el destino de copero de Júpiter debía de ser algo envidiable y estar mejor dotado que cualquiera de esas plazas de registrador de la propiedad ó de abogaao del Estado, que hoy en día constituyen la suma aspiración de los efebos más semejantes á Ganimedes. L, a causa del nombramiento de este joven fué una botaratada de Baco, quien hallándose un tanto caiomelano, echó á correr en pos de la graciosa Hebe, la cual, aturdida, cayó y dejó caer el cantarillo, que se hizo mil pedazos. Sus papas, Júpiter y Juno, la regañaron mucho; la prohibieron que sirviese el néctar en adelante... y luego se contentaron por fin y la casaron con Hércules nada menos, un forzudo y simpático varón que no conoció el cinturón eléctrico ni necesitó los glicerofosfatos. y con esto basta de zodiacadas por ahora. W. B