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f i T t V j hombre algui. i valle en que aquél vivía. Ya los fríos otoñales se dejaban sentir con alguna crudeza, y la escarcha endurecía al -ic amanecer la tierra. 1, Un día de caza entraron unos cuan. tos en, el valle para cobrar una res herida que apenas si podía seguir en la carrera. Allí estaba él, el aventurero, el orgulloso... pero. ¡lo que había hecho... Había rapado el terreno que rodeaba á los zarzales en que crecían las hierbas de los dorados granos, y con las maias. iue había arrancado formó una cerca que el paso de ios animales estorbase, l ero lo extraño, lo i r a u i i t o era que había arrancado ti es ó cuatro encinas pequeñas... ¡Horror... Sacrilegio... ¡Elárbol sagrado... Esto no debía, no podía qtiedar sin ejemplar castigo. Era necesario dar una satisfacción á los árboles- dioses. Se escurrieron por el bosque graves y silenciosos; llegaron adonde los demás de la tribu estaban, y cuando les contaron el sacrilegio cometido por el aventurero, comenzaron á dar gritos y á hacer batimanes, pidiendo á las encinas piedad y misericordia para la tribu, porque en ella tan despiadado hombre había nacido. De pronto se enturecieron, echaron á correr hacia el valle, y cuando á él llegaron abriéronse en ala, avanzaron un poco más las puntas, y empezaron á andar de modo que la caza que se levantara por el barranco arriba corriera. De esta forma, simulando una batida, el otro no se prevendría. Poco antes de llegar adonde el sacrilego- -como ya todos le decían- -estaba, levantaron una piara de jabalíes que, dando broncos gruñidos, corrían de uno á otro lado; pero los gritos y los golpes de los hombres les hacían retroceder, vacilar en la huida y, por fin, viendo el campo abierto, echaron á correr por el barranco. El estrépito que llevaban era infernal: gruñían los jabalíes al sentirse heridos; tronchaban de un tajo las matas que les estorbaban; dábanles agudos gritos los falsos cazadores, y en revuelto montón hombres y fieras, precipitáronse en el cercado, derribaron al indefenso dueño, atropellaron á la mujer que acudía en su auxilio, y los hirieron y pisotearon sin piedad alguna; arrojaron después al suelo el techo de la cabana, gozándose en destruir todo lo que á fuerza de trabajo el otro había hecho. Cuando cesaron en el furor de destrucción que los poseía, el hombre y la mujer estaban muertos; los chiquillos habían sobrevivido á la catástrofe, pero no ilesos, pues estaban llenos de rasguñones y magulladuras. Allí, ante aquellos mutilados cuerpos; ante el instintivo dolor de las criaturitas, que con los cadáveres de sus padres se abrazaban, sintieron horror de sí mismos, y temiendo quizás el castigo de alguna deidad vengadora, recogieron á los chiquillos, huyendo veloces á esconderse en sus ocultas cuevas. Ea madre tierra llenó su misión, cumplió con su oficio. Los granos de trigo que el sacrilego, cuando asaltaron su campo, sembrando estaba, nacieron j se criaron con vigor extraordinario, dando cada grano no uno, sino tres ó cuatro hijos, y cada uno de ellos una bien gorda y madura espiga. Cuando el verano siguiente volvieron á cazar en aquel valle, se encontraron con un magnífico campo de trigo, en medio del cual blanqueaban los mondados esqueletos de sus dueños... y no sintieron remordimiento alguno al apropiái sele, pues para ello el patriarca habló del castigo de los dioses, d e la venganza que toman de los soberbios y de las bendiciones con que colman á los hombres piadosos que los adoran y los sirven... Y se dio por primera vez el caso, que tanto luego se ha repetido, de que todo hombre que concibe una idea capaz de transformar la marcha de la humanidad entera, es perseguido, martirizado y muchas veces muerto por aquellos mismos que después explotan la idea y de ella viven, y con sus frutos gozan y triunfan. L RILU, IOS DE REGINOK LEMA: T T A NIKITA (NÚMERO 2 DE NUESTRO CO CL- RSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS) I L