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uvas, y las zarzamoras sus azabachados y maduros iVutos. Nada les servia; todas eran frutas del verano, y durante el verano debían consumirse: sólo la nuez... pero ésta no pasaba de ser un similar de la bellota, más delicada y de cosecha muy escasa. En un espacio abierto, rodeado de espinos y de zarzas, vio unas matujas secas, en cuyas ptmtas se balanceaba el fruto; ladeó las zarzas con la pica, cogió tres ó cuatro, estrujólos entre sus dedos, hizo volar, de un soplo, las ahuecadas cascarillas y aparecieron unos granos menudos, de color moreno. Era el trigo. Se lo llevó á la boca, lo mascujeó ansioso y encontró su sabor sano y agradable... Aquello podía ser lo que buscaba... quizás lo era. Aquellos granos estaban secos, duros, y para conservarlos sólo había que evitar el que se mojaran, cosa bien fácil de conseguir en sus profundas y abrigadas cuevas. Cuando se presentó, ya bien cerrada la noche, ante la tribu, las más locas alegrías de las mujeres y la. s graves recriminaciones de los hombres le recibieron. Mas cuando explicó su pérdida, diciendo que ningún peligro había corrido y les contó el descubrimiento hecho, se alegraron todos, palmeteando ruidosamente; sacó entonces de un pliegue de la piel que cubría su cuerpo un puñado de trigo y lodio á conocer á los viejos; pero no le gustó á ninguno, y todos le dijeron que aquel fruto era bastante peor que los que por todas partes se veían en los árboles. Insistió él en demostrar la utilidad que aquellos granos tendrían para el invierno, y acabó por convencerlos de cpie debían ir á reconocer el terreno en que aquellas semillas se criaban. A la mañana siguiente volvió á reunirse la tribu, y se encaminó al barranco en que el árbol de los tan ponderados frutos se encontraba. La rechifla que nuestro hombre tuvo que aguantar no es para descrita. Cuando los otros vieron que no era un árbol, que eran unas matujas delgadas y secas las que aquellas semillas producían, las miraron con desprecio, se volvieron furiosos contra el autor del invento que tan grandes ilusiones les había hecho concebir, y se alejaron deseándole en altas voces toda suerte de calamidades á él y á sus semillas, que no sabían d nada. Allí se quedó el pobre, solo, corrido, avergonzado, sin atreverse á levantar del suelo la mirada; pero de pronto se volvió con fuerza, crispó los puños, agarró el hacha y comenzó á derribar los arbu, stos que alrededor de los zarzales crecían, dejando al poco rato un buen rodal talado. Después rodó, peñascos, los fué hacinando como pudo, formó con ellos un cercado de línea ondulante, y cuando las informes paredes midieron la conveniente altura, atravesó encima las más largas ranias, hacinando después las cortas y brazados de juncos y hierbajos. Se acababa de construir la primer cabana. Aquel hombre había dado un salto gigante en el progreso de la humanidad. Al día siguiente, él y su mujer cargaron con las pieles, las hachas, las picas y demás útiles que tenían; echáronse los chiquillos pequeños á la espalda, y se marcharon á tomar posesión de la nueva vivienda, soñando quizás con ser los fundadores de un gran pueblo que prodigiosamente se multiplicara y por toda la llanura se extendiera. La irritación contra ellos era tal, que nadie se brindó á acompañarles, y les dejaron marchar solos, agobiados por la pesada carga Todos convinieron en que debían aislarlos en el valle, para que en aquella soledad muriesen de tristeza, ó para ver si una noche de invierno cuando las nieves arrojan 1 tt. á las fieras de los bosques, doles llegar hasta las misi viendas humanas- a u l l a n hambre, les daban un asal comían á él, á su mujer y á jos. Y enardeciéndose con pia cólera, daban feroces hacían molinetes c o n las picas, como si fueran á luchar con un invisible enemigo, y daban violentos saltos, y arrojaban las armas, y aullaban todos, y los maldecían. Pasó algún tiempo sin que el aventurero á la tribu volviera ni V.