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SACRIbEBIO A PENAS los primeros rayos del sol sa liante habían comenzado á dorar las crestas de las montanas, empezaron á reunirse los hombres de la tribu en el estrecho portillo que daba paso á la profunda garganta en que la población troglodita se escondía. V enian algunos flacos, macilentos, mirando recelosos, con el recelo de los hombres débiles que no pueden resistir imprevisto ataque; revueltos con ellos venían otros, jóvenes, altos, recios, de andar firme y sereno, de mirada tranquila y á veces provocadora. Todos venían preparados para la cacería proyectada, luciendo los despojos ele las fieras, por sus propias manos juiertas, adornándose con sus cuernos, dientes y colmillos y cubriendo sus cuerpos con las peludas pieles que les daban aspecto bravio. De la cintura pendíales el hacha y el cuchillo, ambos de piedra, y en las manos llevaban largas ic is de encina, de retostada y aguda punta. IMientras que acababan de reunirse los hombres veíase á las mujeres, famélicas y escurridizas, con los chiquillos, de apuntado cráneo, en brazos, que con ansia y glotonería se agarraban á los flácidos pechos de sus madres. Asomában, se otros á la boca de su caverna, allá en lo alto de los riscos, andando por estrechas cornisas, á las que había que tre par haciendo uso de pies y manos; en los bordes colocaban haces de pinchosas ramas, con lo cual quedaban defendidas de cualquier imprevi. sto ataque de los animales ó de otros h o m b r e s de extranjera tribu. De uno á otro lado de la barranca se cruzaban dichai achos, g r i t o s alegres, burlándose de los hombi- es que anduvieron tardos en requerir sus armas y acudir adonde los demás de la tribu les aguardaban. Y eran voces agudas, desprovistas de consonantes casi, pero de final cadencioso y prolongado. Reuniéronse, por fin, los cazadores, pusiéronse en marLiia v se internaron en el bosque. Uno de ellos, joven, alto, fornido, el de más ancha frente, el de más tranquila mirada, comenzó á fijarse en los nogales, en las zarzamoras, en todos los árboles, que durante el invierno se desnudan de la hoja, y vio que algunos á amarillear comenzaban. Sin saber por qué se le encogióel ánimo; una angustia, un malestar tan grande le oprimió el pecho, que 3. nada; no se repo desp copa, y aq lella atalaya reconoció el valle, vio la profunda hoz donde vivía la tribu, acabó de orientarse y se dejó escurrir por el tronco abajo. Cuando estu o en el suelo se dirigió á una fuente, bebió en el hueco de la mano y se sejitó en la hierba. Los extraños pensamientos de la mañana, aquellos que tanto le habían angustiado, siendo la causa de que se perdiera, comenzaron á tomar forma en su cerebro. No, la vida que hacían no era buena, tenían que mejorarla; aquel abandono, aquella imprevisión ceneque dejaban pasar los días, sin pensar en lo que podría ocurrir mañana, aquella estolidez en que vivía la tribu debía terminarse. ¡Pensar en que sólo se dedicaban á la caza y que, cuando llegaba el invierno, lloviera ó nevase, tenían que cazar, porque no sabían proveerse de comida para tan larga temporada! Y gracias que su abuelo, jefe que fué de la tribu, descubrió que los frutos de la encina no se pudrían y casi todo el inviei no duraban... fíesde entonces adoraban el árbol- dios, creándole su culto... Pero por muchos frutos que guardaban, nunca eran los bastantes para alimentar á todas las familias de la tribu y tenían que cazar: era, pues, necesario buscar una nueva planta, un árbol cualquiera cuyos frutos, como los de la encina, se conservasen. Instintivamente tendió la vista á uno y otro lado de la fuente. Las higueras silvestres le enseñaron sus negros higos que á madui ar comenzaban; los pinchosos perales, sus menudas y ya amarillentas peras; los endrinos, sus desmedradas ciruelas, de sabor á. spero y desagradable; los nogales comenzaban á dejar caer sus descascarilladas nueces, semejantes á menudas piedrecillas; los salvajes parrizones que, aquí 3 allí, con tenaz empeño á los árboles se subían, le enseñaron sus racimos de acidas