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J lüf 1 r. ii U ni W- Qiimz Ék EL MILAGRO DE LA VIRGEN 3o R el ancho ventanal de par en par abierto, se divisaba el cielo incen diado con púrpuras del sol poniente, cuyos rojizos rayos quebrábanse con reflejo metálico en los desnudos muros del desmantelado torreón que servía de estudio al joven pintor florentino. Allá arriba el cielo azul con grandes nubarrones opalinos y rojos que corrían de Norte á Sur hasta quedar fundidos en el horizonte de fuego. Abajo, la divina Florencia con su inmensa cantera de mármoles polícromos convertidos en palacios, iglesias y columnatas, surcada por los grandes manchones verdes de sus jardines llenos de rumorosas fuentes y de mansas y obscuras acequias. Hasta allí, hasta aquella estancia del torreón en ruinas, abandonado y triste, no llegaba el rumor de la alegre ciudad; tan sólo, á -nes, en las horas de mayor reposo, sonaban confusos y lejanos los eco, le las campanas de las iglesias y monasterios de la gloriosa república. Allí vivía y allí trabajaba Flavio, huérfano y solo, abandonado como un paria, trabajando como un condenado á la ergástula. Envejecido antes de llegar á la pubertad, atenazado por la pobreza, con la fe de los iluminados en las pupilas y el frío de la orfandad en el corazón. Allí estaba desde que murió su madre, patricia de Pisa, súbitamente reducida á la miseria después de las capitulaciones de Verona. Acudió al Gran Duque y á la Señoría en demanda de justicia, y nadie le hizo caso, y por fin, agotados todos sus recursos, perdidas su. s esperanzas, refugióse en aquel torreón abandonado, vestigio de otra gran fortuu agotada, resto de una opulencia arruinada acaso en los placeres de Florencia la magnífica. Aquella fué su morada y su taller; su hogar y su estudio. Pintada en un gran tablero á trazos vigorosos, destacaba sobre fondo áureo la figura lilial y purísima de una mujer, coronada con corona bizantina de oro y esmeraldas, zafiros y turquesas. Blancas tocas encuadraban el óvalo perfecto de su rostro, animado por maternal sonrisa de dulzura inefable. Cubría sus hombros un manto de recio tejido de seda, bordado con esmaltes venecianos, y sus brazos ceñían amorosos el cuerpecito de un Niño que dormía blandamente arrullado sobre el regazo de la Virgen. Alrededor, ni un mueble, ni un escabel. Nada. Las paredes desnudas, y arriba la carcomida bóveda de románica traza. W