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prepararse, vestido y todo se zambulló más que aprisa en la cama. ¿Dónde está? ¿dónde está esa criatura? ¡Chist! -advirtió Pepe al tío, que tan bruscamente se presentaba en escena. ¡Más bajol ¡Una emoción fuerte podría comprometer su vidal- ¿Pero tan malo está? -Mire usted, el deber de un médico es decir siempre la verdad: le encuentro m u y postrado. -Pero un intiehacho tan fuerte, tan sano... -Esa es la vida, amigo mío. Ya ve usted, hoy es la tercera visita que le hago. Vamos á ver, ¿cómo está el enfermo? -dijo en alta voz Pepe acercándose á Arturo, que pugnaba por contener la risa debajo del embozo. A ver ese pulso. ¡Hum! Esta picara calentura no quiere ceder. ¿Ha tosido mucho? ¡Mire usted los esputos! -advirtió con cierto gesto Pepe al bueno del tío. -Hombre, si que es un color raro. -Vamos, hoy le encuentro u n poquito mejor. Aquí tiene usted á su tío, por el que tanto h a suspirado estos días. I e quiere á usted mucho. Arturo hizo ademán de incorporarse; pero recordando Pepe que estaba vestido, dijo apresuradamente: No, eso no, nada de sacarme las manos fuera! ¡Quietecitol Don Eleuterio, ya del todo convencido, llamó aparte al medise y le preguntó: -En confianza: usted, por lo que se ve, se toma especial cuidado por mi sobrino; pero como supongo que andará muy mal de dinero, le participo que por eso no deje de visitarle; yo corro con todos los gastos, y por dinero no lo deje. -De perlas celebro su cariñoso aviso, porque ya sabe usted que cuando escasean los recursos, los médicos no podemos recetar ciertos medicamentos caros. Por lo pronto, para que respire con facilidad, habrá que traer cinco ó seis balones de oxígeno, que costarán aproximadamente á veinte duros cada uno. ¡Hombre, tan caro! Yo tengo idea de que en una ocasión... -Sé lo que va usted á decirme. Pero el aire se ha subido considerablemente, se ha hecho raro. ¿No h a oído usted hablar del aire enrarecido? Ade- El bondadoso tío encareció muy mucho que Pepe no se apartara un momento de la cabecera, y pidiéndonos permiso, porque un asunto urgente le obligaba á marcharse por breves horas, se despidió de nosotros, haciéndonos mil recomendaciones. No hizo el tío más que desaparecer por el foro, cuando Arturo, dando saltos en la cama y envolviéndose triunfante con la colcha á modo de túnica, exclamó: ¡Viva la juerga! ¡A mi besugos! ¡A mí turrones y delicados mazapanes! ¡Venga Cordon rouge! Y comenzamos una espantosa danza macabra alrededor de las quinientas pesetas que paljiitahan sobre la mesa. Tan furiosa danza fué interrumpida por la llegada del tío, á quien se le había olvidado el paraguas, y al ver el pintoresco cuadro, la estupefacción más soberana se pintó en su semblante. -Muy bien, muy bien, y a veo que el enfermo hace prodigios, -agregó después de una pausa. ¡Cómo se entiende! -dijo Pepe recobrando la serenidad; ¡desobedecerme á mí! ¡A la cama inmediatamente, á la cama he dicho! ¡Aj- no sabe usted qué rato nos h a dado, querido don Eleuterio; quería matarse, tirarse por el balcón; ha pedido su ropa, se ha vestido. ¡Un horror, amigo mío, un horror! Nada, se h a vestido amenazándonos á todos, y no hemos podido convencerle, ¡qué día, señor, qué día! El tío, que y a estaba sobre el seguro y sabía á qué atenerse respecto á la enfermedad de su sobrino, llamando aparte á Pepe, le dijo hacienda un expresivo gesto: ¿No le parece á usted que en vez del aire traigan algo más sólido? ¡Ah! Sin embargo, la terapéutica... -Déjeme usted á mí de tantarantanes; de las. quinientas pesetas, la mitad para una canilla al aire; la otra parte, para pagar á la patrona. ¿Hace? ¿Soy ó no soy un tío con toda la barba? La proposición quedó aceptada por unanimidad. Un ¡viva don Eleuterio! estremeció la casa, á tiempo que la patrona, fiel á la consigna, llegaba muy quedito á preguntar cómo seguía Arturo. -N o se moleste usted más- -interrumpió el tío. s o n r i e n t e -A q u í estamos todos ca el secreto. más, se trata de aire de Mediodía, qtic siempre cuesta mucho más que el del Norte. -Bien, lo que usted diga... Ahí vaa, por lo pronto, quinientas pesetas. ¡Ali, sois u n modelo... nlRUJOS DE CILLA Algunas Nochebuenas han pasado desde entonéis, pero ninguna tan feliz como aquella de mis tienapos de estudiante. En el troquel de las familias no se acuñan yO tíos como don Eleuterio. LTJIS G A B A L D O N