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UNA NOCj- fEBOEN RECUERDO DE MI VIDA DE E S T U D I A N T E C E acercaba la Pascua de Navidad, fecha fat di ca, cruel efeméride para el infeliz besugo, que sucumbe sin la menor protesta, á pesar de ser uno de los individuos de más agallas que cruzan los mares; se avecinaban los dias solemnes en los que otra víctima no menos candorosa, el pavo, inmola su bien cebado vientre en honor del hombre, que después de estar durante un año prodigándole solícitas atenciones, le sacrifica en el altar de su gula, y tres modestos estudiantes que se preparaban para el ingreso en la Academia de Segovia discurrían mil cabalas para salir de formidables apuros de dinero en época tan tentadora de apetitos. La mensualidad que habíamos recibido de cómo? ¡Ecco il problema morrocotudo! A vuelta de discurrir proyectos, Arturo, que siempre era de los tres el hombre de las soluciones, dióse u n a fuerte palmada en la frente, y dijo interrumpiendo nuestra abstracción: ¡Estamos salvados! ¡Yo estoy m u y malo! ¿Cómo? ¿de qué? -Veréis. Yo me finjo enfermo. Escribidle á mi buen tío pintándole con negros colores mi dolencia, la gravedad de mi situación, lo que cuesta el tratamiento facultativo, y mi tío, que ocupa el número uno en el escalafón de las buenas personas, vendrá á Segovia inmediatamente. ¡Magnífica idea! Pues manos a l a obra; veiiga pluma y tintero... Querido tío... -No, hombre, que no es tío vuestro. ¡Ah! es verdad. Bueno. Pues... Respetable señor D. Eleuterio... ¡Mira que Eleuteriol H a y nombres que deben ponerse á fuerza de recomendaciones. Ea, ya estás servido. Ahora, sin perder un minuto, al correo. Se acordó que en tanto llegaba el respetable D. Eleuterio, Arturo no comiera en dos días, para que adquiriese cierta palidez convincente, á lo que se resistió nuestro amigo, que encontraba excesiva la prueba. Como fundadamente esperábamos, á las dos tardes recibimos un telegrama que decía: Sorpresa desagradable; salgo primer tren. -Eleuterio. ¡Ya está aquí! No h a y que perder momento. -A la patrona- -dijo Arturo- -hay que advertirla que siempre que entre en la habitación hable en voz baja y ande de puntillas. -A mí- -exclamó Pepe- -dejadme el papel de médico; veréis con qué seguridad receto y te diré: ¡Veamos ese pulso! ¡Ah! y antes que se me olvide: ¿qué enfermedad es más de tu agrado? -Yo creo que una congestión pulmonar; ¿no os parece? -interrumpió la víctima propiciatoria. -Justo; congestión: sangre, exceso de sangre. -Tú, Pepe: tapa esa ventana como en La bohemia; le diremos al tío que el sol te hace mucho daño; después de todo, te levantas siempre de noche; aquí la escupidera; hay que echar agua y vino, color de sangre. ¿Para qué? 1 nuestros respectivos padres ó encargados se había convertido en piadoso recordatorio, y era necesario á todo trance agenciarse dinero. ¿Pero -Hombre, para que cuando yo entre vea los esputos. ¿No quedamos en que soy el médico? Golpe de campanilla. Arturo, sin darle tiempo á