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Álí pitación cotí que la débil mano brujulear en el árbol. Terminó fe ración, y las pisadas repercutís Eran, efectivamente, la calva d patillas de. banquero que llegaba í II -í. ¡Si sobrara algún juguete y i El pensamiento del pobre crii á esta débil esperanza una de lí atisbo desde el antesalón, oculta uno de los portieres de terciopelí se desarrollaba en la dorada estancia en toi- no al árbol de Noel, rodeado de chiquillos. ¡Qué noche! Ahí, al lado, el tumulto de los niños convidados al reparto, la turba de los privilegiados, la ola de alegría, que no cesaba en su estruendo de risas, de voces, de exclamaciones, de palmadas; la felicidad lloviendo á granel sobre los señoritos, sus preciados dones, y teniéndole tan cerca, nada para él: ni un reflejo, ni una gota, ni una limosna siquiera, sin considerar que no obstante su condición humilde, dentro de su dormán con triple hilera de botones y alamares negros, bajo su librea, escondíase otra criatura con sus catorce años y su corazón lleno de anhelos, tan rapazuelo é infantil en su pobreza como los muchachos ricos a quienes la suerte, siempre olvidadiza de los pobres, favorecía con su hartura. ¡Era su condición y se resignaba; pero si al fin quedara algún juguete inadvertido en el pino! Al cabo terminó el suphcio de fiera enjaulada; los señoritos se marcharon cada cual con su juo- uete y cuando á las altas horas pudo entr. ir á recoger, clavó anhelante sus ojos en la copa del árbol buscando el misero chirimbolo escapado a l a voracidad infantil que esperaba de la suerte. A través de sus lagrimas investigó las ramas todas. ¡Nada! ¡Sí! ¡Un solo juguete colgaba, uno solo, roto, y que por eso nadie había sin duda querido! Ese era el suyo: el desperdicio, la sobra de la mesa, la migaja del desheredado, un arlequín de cabeza movible al que en la algarabía traída en torno del árbol por las niños ricos, que tenían donde escoger y que desdeñaban de cargar con nada que adoleciese del menor desperfecto, había tocado algún recio palo, abriéndole un buen boquete en el cráneo de pasta. Pero á pesar del destrozo, el pobre payaso conservaba íntegra la cara y en ella sus dos ojos, no de cristal, las dos bolitas de vidrio que relucen en la faz de los muñecos, sino dos pupilas tristes, dos pupilas proviístas de mirada, de una mirada honda y llena de lágrimas clavada en la puerta que acababa de separar sus hojas, y en la que surgía la figura doliente del otro desheredado. Nadie había en la estancia en aquel momento; indudablemente era á él á quien el arlequín miraba con esos ojos tristes y llenos de preguntas que se clavan en un Compañero de desgracia, presintiendo un consuelo al propio infortunio y á la vez sintiéndose un alivio á la ajena infelicidad. ¡Roto, mas al cabo juguete! Estaba acostumbrado á aprovechar las sobras. Vaciló un punto, siempre amedrentado por el recuerdo de la calva de senador y las patillas de banquero, pero pensó que nadie reclamaría el payaso destrozado, y golpeándole el corazón plantóse junto al pino, agarró el muñeco con mano trémula, yocultándolo bajo el dormán se lanzó fuera de la habitación, como si temiera que las figuritas moderni. stas de las mesas se lo fueran á quitar... ¡Oh Dio. bueno, Dios de los niños pobres! ¿No es verdad que fuiste tú el aue abrió la cabeza de un palo al arlequín? ALFONSO P É R E Z NIEVA DIBUJOS DE REGIDOR