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El árbol de Noel A CABÁS con el árbol, ó te hago yo con cluirlo de arreglar más que de prisa... Con tal dureza salió esta orden de la boca del uia 5- ordonio una de las veces que asomó su cs va de senador y sus patillas de banquero por la entreabierta puerta, que el muchacho, aterrado, dejóse de contemplar los tascinadores chirimbolos y prosiguió con rapidez su tarea de acomodarlos en aquel frondoso pino enhiesto en medio del dorado salón, y quizás tan preocupado como el chico de verse sobre el reluciente mármol, con sus extrañas bellotas encima. I, a labor del rapaz no fué, sin embargo, muy. rápida. Las oscilaciones de su mano denotaban un pulso trémulo, un corazón latiendo terriblemente. Y á la verdad, el árbol de Noel ofrecíase tentador hasta lo irresistible. Como si hubieran llovido en su copa los objetos, pendían de las ramas fusiles, cartucheras, sables, roses, establos, vacas, pierrots, muñecas, cacerolas, coches, tranvías: íun bazar entero trasladado de las vitrinas de la tienda á los brazos del simbólico tejo, por entre la fronda del cual asomaban las peritas eléctricas de una instalación provisional, prometiendo un doble deslumbramiento cuando una hora después rodeara la turba infantil el soñado tronco. El criadito era antes que nada un niño, y seducido por aquellas preciosidades que contemplaba al blanco resplandor de una única lámpara, había concluido por olvidarse de su deber, y sin el acento de trompeta apocalíptica del mayordomo, hubieran concluido los juguetes del árbol por arreglarse solos. A punto estuvo de rodar desde lo alto de la escalerilla en que se hallaba empinado al oir la dura conminación. Sin embargo, su instinto de criatura extasiada ante los juguetes, y aguzada por la imposibilidad de conseguirlos, pudo más que el miedo al déspota, con ese despotismo de las altas servidumbres. Las patillas de banquero y la calva de senador habían desaparecido, ausentadas por alguna urgente última mano en otra parte exigida por la inmediata fiesta infantil, y el criadito se durmió despierto en presencia de aquel frondoso pino de cuento de Andersehen, que acaso también sentía sus nostalgias norteñas ari ancado á su clima nebuloso y húmedo. Y á pesar de su terror y de la probable despedida por la reincidencia, la mano arregladora tornó á permanecer quieta y el rapaz prosiguió soñando, con un triste sueño de desheredado, que todo aquello que á su alcance se hallaba le pertenecía, y hasta llegaron á entablarse en su alma súbitas luchas y vacilaciones por si escogería un fusil, ó un sable, ó un estoque de torero, las tres más lindas cosas que excitaban su codicia. Unos pasos próximos le sacaron brascamente de su ensimismamiento; volvióle la conciencia del peligro, y varias ramas estuvieron á punto de romperse y rodar con sus juguetes á tierra ante la precí-