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mucha suavidad el monocordio la cítara ó formingc, el xilocordio la lira once cuerdas, y aun el odrecillo que alegra con sus populares desafinados sones h s fic us paíicualcs... y también supo más altas y nobles disciplinas, como las contenidas en el trivio y en el quadnvio y fue doctisima en Gramática, Retórica y Dialeciica; y j c ó m o no? habiéndose criado en c! imperio biv: antino, alcanzáronselc muy brillantes reflejos de las disputas íeoíógicas á que los sabios de tal época estaban entregados, aquellas polémicas útilísimas que Traían revuelto al mundo. Aconteció que el día de los Sanios Inocentes, festividad que se celebraba con muy honestos solaces en la Iglesia y en el claustro, las religiosas de Salum quisieron consagrarle ú la más ¡nocente criatura que había en el Monasterio, á Clariana, Bizarramente la vistieron blanco brial de tisú recamado y flotante velo azul celeste; dicTonla como cetro una rama de hermosas aíuccna que en el invernadero se conservaran para tal ocasión, y Clariana, con el mismo digno y autoritario continente que la abadesa, presidió y dirigió álacomunidad, quecon grande y beato contentamiento la seguía, la seguía, hasta que, slibitamcnte, sin d c c í r palabra y como dominada por extraño acceso de locura, la engalanada m o z u e l a llegó ante una p u e r t a h e rrumbrosa y rechinant e del claustro, golpeóla s u a v e m e n t e y la puerta giró sobre sus mohosos goznes, descubriendo á los ojos de las espantadas religiosas un c u a d r o de campo verde y de cielo azul que ¡amas vieran. Y desde entonces, en el monasterio de Sa- iim no se ha vuelto á saber ní una jota de la- r t Clariana, cuya y í ifJo caer n un divin. i j historia mandaron r e presentar las religiosas en ios recuadros del coro, que pintó d encausto el gran artista PanselinosEl extraño poder que había forzado á Clariana á abandonar el claustro, no era sino lo que en castellano solemos llamar la fuerza de la sangre. Clariana sabía ya á los diecisiete años cuanto Cn aqiielicjs tiempos era dable saber, y aspiraba con noble anhelo ú conocer la única ciencia ignorada por ella y por sus preceptoras: la ciencia del mundo. V a g o presentimiento la hizo andar, andar, andar, hasta llegar á una suntuosa morada. De pórfido eran sus cimientos, de marmoles purísimos sus paredes, de veteados ¡aspes sus columnas- En les basamentos de las columnas, en los rodapiés de las escaleras y en los zócalos de patios y habitaciones los grandes lotos egipcios abrían sus misteriosas corolas. En ventanas y claraboyas, cachazudos artistas venidos de la remota Samarcanda ó de la olvidada Susa, habían hecho calados y transparentes atauriques para filtrar la luz con sabia mesura. Los techos eran de dorados y rojos alfarjes, de multicolores mosaicos los pavimentos. i