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Dio fin la Misa del Gallo. En el cielo, ¡cuánta estrella! Está helando; vamos pronto. ¡Qué inclemente Nochebuena! Todos, para guarecerse del cierzo, atrancan la puerta; mal calentando la cama, todos aprisa se acuestan. Encapuchadas de nieve, las casas el lomo arquean; y a n o brillan resplandores en los vidrios de la iglesia. ¡Quéiquietud y qué silencie en la solitaria aldea! Algo nos dicen los astros, que sin cesar parpadean. ¡Chitónl Va á bajar el ángel, y no h a y hogar que no tenga los zapatos de los niños junto a l a apagada leña. El celeste mensajero viene, y con pródiga diestra, tortas, confites, juguetes, vierte por la chimenea. Cuando al cielo se remonta, ve, por la nieve cubierta, á un extremo del villorrio humilde y tosca vivienda. Esa es la única del pueblo en que no dejó su ofrenda. ¡Lo ha repartido ya todo! ¡Nada en la falda le queda! Vive allí una viejecita, pálida y flaca hilandera, que á u n pequeñuelo biznieto penosamente sustenta. Son tan pobres, que no tienen ni un pan duro en la alacena, y el niño sus zuecos puso en el hogar, que no humea. Los ángeles nunca tienen dinero en la faltriquera. ¿Es posible que éste pase sin socorrer la indigencia? ¿Podrá el Señor consentirlo El ángel al cielo vuela, y un lucero brillantísimo toma en la cerúlea esfera. E n sus manos el lucero en onza de oro se trueca, y en el pobre hogar del huérfano caritativo la deja. Vuelve luego al Paraíso, y confuso se presenta ante la Virgen María, que al Dios Niño en brazos lleva. El Dios Niño, alzando el brazo, toma el astro que destella más viva luz de su Madre en la celeste diadema, lo pone en manos del ángel con infantil gentileza, y Ve- -le dice; -en su sitio ponió antes de que amanezca Los sabios que el firmamento en noches claras contemplan, no atinan por qué más que antes brilla al presente esa estrella. TEODORO L L Ó R E N T E DlIiUJO DE VÁRELA